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Lunes , 24.09.2018 / 23:03 Hoy

Amos Oz

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Gil bajaba la cortina de la semana y acusaba fatiga. A su alrededor no había persona que no tosiera, moqueara o tuviera la febrícula. Gamés caminó sobre la duela de cedro blanco del amplísimo estudio y recordó que cada vez que puede habla con insistencia monótona de la magnífica novela autobiográfica del escritor israelí Amos Oz, Una historia de amor y oscuridad. De esas páginas provienen estos pasajes que hablan de su precoz amor por la literatura y de las decisiones que debe tomar un escritor a la hora de escribir. ¿Listos?

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Lo único abundante en casa eran los libros: había libros de pared a pared, en el pasillo, en la cocina, en la entrada, en los alféizares de las ventanas, en todas partes. Miles de libros en cada rincón de la casa. Se tenía la sensación de que si las personas iban y venían, nacían y morían, los libros eran inmortales. Cuando era pequeño, quería crecer y ser libro. No escritor, sino libro: a las personas se las puede matar como a hormigas. Tampoco es difícil matar a los escritores. Pero a un libro, aunque se lo elimine sistemáticamente, tiene la posibilidad de que un ejemplar se salve y siga viviendo eterna y silenciosamente en una estantería olvidada de cualquier biblioteca perdida de Reykjavík, Valladolid o Vancouver.

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¿Qué es autobiográfico y qué es ficticio en mis relatos?

Todo es autobiográfico: si alguna vez escribiera una historia de amor entre la Madre Teresa y Aba Eban, por supuesto sería autobiográfica, aunque no una confesión. Todas las historias que he escrito son autobiográficas, ninguna es una confesión. El mal lector siempre quiere saber, saber al instante “qué pasó realmente”. Cuál es la historia que está detrás del relato, qué pasa, quién está en contra de quién, quién cogió con quién realmente. “Profesor Nabokov”, preguntó una vez una entrevistadora en directo en la televisión americana, “díganos, por favor, are you really so hooked on little girls?”.

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Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector.

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Durante unos años me esforcé por liberarme de la sombra de Agnón [Shmuel Yosef Agnón, escritor israelí que recibió el Nobel en 1966], luché por alejar mis escritos de su influencia, de su lenguaje pleno, elegante, casero a veces, de su ritmo bien ponderado. Tenía que liberarme de la influencia de sus sátiras y su ironía, de su simbología recargada y barroca, de sus juegos laberínticos y enigmáticos, de sus dobles sentidos y de su insuperable sarcasmo literario.

Después de tanto esfuerzo y tanta lucha por alejarme y liberarme de él, los ecos de cuanto aprendí de Agnón resuenan aún en los libros que he escrito.

Pero, en el fondo, ¿qué aprendí de Agnón?

Tal vez esto: a proyectar más de una sombra. A no coger pasas del pastel. A dominar y limar el dolor. Y algo que mi abuela decía con más agudeza que todo lo que he leído de Agnón: “Si ya no te quedan más lágrimas, no llores. Ríe”.

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Escribir una novela, dije en una ocasión, es como construir con un mecano todas las cadenas montañosas de Europa. O como hacer París entero, con sus edificios, sus plazas, sus bulevares, sus torres y arrabales, hasta el último banco de la calle, con cerillas.

Para escribir una novela de ochenta mil palabras debo tomar algo así como un cuarto de millón de decisiones: no sólo decisiones sobre el boceto de la trama, quién vivirá y quién morirá, quién amará y quién traicionará, quién se hará rico o se volverá loco […] sobre todo se deben de tomar miles de decisiones sutiles, como, por ejemplo, si poner ahí, en la tercera frase hacia el final del párrafo azul o azulado. O celeste. O celeste oscuro. O tal vez azul ceniza. ¿Y poner ese azul ceniza al comienzo de la frase? ¿O mejor que estalle al final de la frase? ¿O en medio? ¿O que sea una frase breve independiente, un punto delante, un punto y una nueva línea detrás? ¿O no? ¿O es mejor que ese azul se sumerja en la corriente de una frase compuesta y tortuosa, con muchos miembros y abundantes subordinaciones? O tal vez lo mejor sería escribir sencillamente cuatro palabras, “luz de la tarde”, y no teñir esa luz de la tarde de ningún gris azulado ni ningún celeste polvoriento.

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De ella [la Maestra Zelda, su maestra a los ocho años] aprendí también que a veces una palabra necesita un absoluto silencio a su alrededor: tener bastante espacio. Como un cuadro colgado en la pared, pues hay cuadros que no soportan a ningún vecino.

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Los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que sostiene la botella de Glenfiddich, Gamés pondrá a circular unas frases de Bertrand Russell por el mantel tan blanco: Qué agradable sería un mundo en el que no se permitiera a nadie operar en bolsa a menos que hubiese pasado un examen de economía y poesía griega, y en el que los políticos estuvieran obligados a tener un sólido conocimiento de la historia de la novela moderna.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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