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Ejercicio del Poder

PRI, retorna a ritual

Gerardo Viloria

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Acogiendo la máxima que "en política no hay sorpresas, hay sorprendidos", el Partido Revolucionario Institucional (PRI), respecto a la nominación de su candidato para la elección presidencial de 2018, retorna al añoso ritual del tapadismo.

Ese instituto político de formas, lenguajes, vocablos, maneras, gestos y tonos, desde el inicio del mandato del presidente ENRIQUE PEÑA NIETO -después de 6 mil 571 días- volvió a tener un jefe máximo.

Atrás quedaron los años en que el PRI, fisurado tras los asesinatos de LUIS DONALDO COLOSIO y JOSE FRANCISCO RUIZ MASSIEU, sufrió la "sana distancia" establecida por ERNESTO ZEDILLO.

En ese entonces, debilitado por esa separación, disgregada su capacidad de operación, el PRI se vio obligado en el 2000 a aceptar una inédita derrota electoral.

Aprovechándose de la soberbia de la izquierda y derecha, divididas, durante estos últimos años se puso en movimiento, trabajó en su proyecto de restauración.

De esta forma, hoy, sustentados en su pasado que es identidad y fuente de inspiración, su institucionalidad y unidad resurgen.

Bajo esa consideración, en un empeño de no fracasar para no abandonar el poder, las "fuerzas vivas" del Revolucionario Institucional, están prestas para atender a su adalid.

Pese a las intrigas palaciegas, "a elogios o aplausos", nadie podrá adelantarse a los acontecimientos, "el PRI no habrá de elegir así a su candidato".

"No se despisten", PEÑA NIETO designará al postulante del PRI, en el propósito de sucederlo.

En el ceremonial, él será el gran elector, poseedor del único voto para nominar al abanderado en el anhelado acceso a la presidencia.

Después de ello, habrá "algarabía", "aclamación unánime" y "unidad de todos los sectores" priistas.

Ahora bien, a pesar de las críticas que ENRIQUE PEÑA, pueda recibir por parte de sus opositores, en el sentido de revivir la "sucesión presidencial"; que fue una "trama" urdida por PLUTARCO ELÍAS CALLES y ÁLVARO OBREGÓN al relevarse la primera magistratura del país; que se repite el "ritual de la simulación"; de ser un "juego perverso"; su partido y él, están en su pleno derecho de así realizarlo.

La parte más notoria es que, jurídicamente, nada impide actuar de esa manera.

No obstante que será uno de los momentos más relevantes para el candidato seleccionado, en esta ocasión no adquirirá magnitudes más allá de lo terrenal ni de lo estrictamente cívico.

Y, por vez primera, no estará garantizado totalmente su triunfo.

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