• Regístrate
Estás leyendo: Elogio a la amistad
Comparte esta noticia

Capitolio

Elogio a la amistad

Gerardo Hernández

Publicidad
Publicidad

La vida, es decir Dios, me ha bendecido con amigos buenos; que algunos sean mayores constituye unagraciaadicional. Antesrecibí la oportunidad de trabajar como aprendiz en “La Opinión”, a los doce años, como muchos de esa edad lo hacían en otras partes. Del taller caminaba a la Escuela Federal Nocturna para Trabajadores, en el edificio de la Primaria Centenario de Torreón, del ilustre maestro Abel Valadez Mesta. Fue justamente en el diario dirigido entonces por don Edmundo Guerrero Álvarez, donde abracé este oficio.La vida me recompensó también con jefes de gran calidad humana, cuya prédica es el ejemplo. Rigurosos, disciplinados, sabios. Uno de ellos, linotipista de buena cepa, fue Carlos Ávila Molina. Sus galeras eran pulcras,como él, razón por la cual los correctores de textos difícilmente les encontraban errores. Hace menos de un año le saludé en la Plaza Cuatro Caminos, mientras paseaba con su esposa y uno de sus hijos. Murió a principios de abril y lo lamento. Una de las encomiendas que tenía de don Edmundo, cuando ya hacía mis pinitos en una redacción de gigantes —con Eduardo Elizalde y Arturo Cadivich en primera línea—, consistía en buscar a Roberto Orozco Melo en el café del hotel Río Nazas para entregarle el cheque mensual por sus colaboraciones en “La Opinión”, que firmaba bajo el seudónimo de Luis Cayuso. Con el tiempo nos hicimos amigos. Incluso tenemos un compadre común: Jorge Duéñes, uno de los mejores empresarios de La Laguna.En los desayunos de “Espacio 4”, el bisemanario donde laboro, don Roberto siempre tiene un lugar de honor, al lado de Armando Fuentes Aguirre, nuestro querido “Catón”. Ambos me recuerdan una película de mediados de los setenta: “Juntos son dinamita”, coprotagonizada por Terence Hill y Bud Spencer. Orozco Melo es un hombre de virtudes y defectos, como todos, pero al final lo que importa es el balance, y en su caso es positivo.Hace poco compartimos mesa en la comida de aniversario de otro amigoentrañable, José Fuentes García. Le vi exultante, pleno. Bebió tequila, comió paella, tarareó canciones y lanzó algunos gritos para celebrar la vida, rodeado de amigos: Eliseo Mendoza, Antonio Harb, Paco de la Peña, Arturo Berrueto —orgulloso de sus stents (endoprótesis vasculares)—, Raúl Garza, Hilario Vázquez. En un momento de la celebración le comuniqué con Jorge Duéñes.Antes de escribir esta columna le llamé para desear su recuperación por la fractura que sufrió a consecuencia de una caída en su casa. Nos comunicó María Elena, su esposa, inspiración y compañera de toda la vida. Por amor a ella es que sigue entre los suyos y entre nosotros, sus amigos, ojalá por mucho tiempo. Una de sus virtudes es que supo separar los ámbitos del periodismo y la política, donde arden las vanidades de los espíritus menores.El mejor de los momentos que recuerdo de él no fue en el éxito, sino en la adversidad, donde mejor se forjan las almas, cuando leyó la renuncia de su amigo y jefe Óscar Flores Tapia al gobierno de Coahuila, corolario de una campaña perruna del presidente José López Portillo. “Ustedes”, dijo a la prensa que antes vitoreaba al mandatario, “ya lo han juzgado”. Flores Tapia murió reivindicado y en la justa medianía juarista. Lo primerojamás lo conseguirán los bribones que endeudaron al estado. Sus millones los abrasan y su infamialos condena.



gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.