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Martes , 13.11.2018 / 01:35 Hoy

Capitolio

Despertar sin dinosaurio

Gerardo Hernández

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El “México bronco” de Reyes Heroles, el “México profundo” de Guillermo Bonfil y el “tigre suelto” de Porfirio Díaz despertó en las urnas el 1 de julio, no para mostrar sus garras afiladas, sino para dar ejemplo al mundo de civilidad y echar al PRI de Los Pinos, esta vez definitivamente. Fox y Calderón lo cebaron doce años para regresarlo al poder más soberbio, corrupto y arrogante. 


En medio de la mayor oleada de violencia y en el ocaso del sexenio más sangriento, los mexicanos acudieron masivamente a las urnas y luego volvieron al ocio dominical sin hacer caso a las campañas sobre supuestas amenazas y disturbios. El mensaje es claro e irrefutable: 

paz y democracia, sí; guerra y autoritarismo, no.


El mérito del triunfo de Andrés Manuel López Obrador corresponde, primero, a millones de mexicanos de todos los estratos —no solo de la “prole”, como Paulina Peña se refirió en un retuit a quienes criticaban a su padre antes de ocupar la presidencia— que vencieron inercias, prejuicios, temores y dieron un paso trascendental por un cambio real en la conducción política e institucional del país. También para regresarle al Estado los espacios de decisión cedidos a los poderes fácticos, particularmente a los barones del dinero, vencidos también en las urnas.


AMLO fue cobijado por legiones que vieron en él a un líder austero, creíble y digno de representarlas después de tres presidentes infames —la terna la completa Peña Nieto—. El castigo al PRI, al PAN, al PRD y a sus respectivos gobiernos es proporcional al encono social, al deseo de cambio y al clamor nacional para combatir la corrupción y encarcelar a los funcionarios y políticos venales. La misma energía y determinación usadas para elegir a AMLO deberán aplicarse para respaldar su administración o apretarle las clavijas cuando intente apartarse del sistema republicano y el canto de las sirenas lo seduzca. 


Más aún si empieza a darles la razón a quienes ven todavía en él a un potencial dictador, o si se conforma con que se diga de él: “no es corrupto”, pero sí sus colaboradores. Así le pasó a don Porfirio y a Carranza. “El viejo no roba, pero ¿qué tal los otros?”, era el reproche. 



gerardo.espacio4@gmail.com

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