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Columna de Gabriel Torres Espinoza

López Obrador, el presidente reconocido por Meade y Anaya

Gabriel Torres Espinoza

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Una de las características que denotan la verdadera convicción democrática es la aceptabilidad de la derrota. En las democracias se gana o se pierde una elección, bajo la regla de la mayoría, por uno o miles de votos de diferencia. Para las democracias es fundamental el reconocimiento de que son los sufragios los que determinan quien gobierna. En el año 2000, Francisco Labastida reconocía su derrota la misma noche del día de la elección presidencial. Entonces, el partido del gobierno, en voz del ‘primer priista de la nación’ (el presidente Ernesto Zedillo), felicitó al primer presidente de alternancia a las 23:10 horas, de aquel día que terminaron 70 años de presidentes emanados del PRI.

Muchos se anticiparon a decir que el PRI no reconocería su derrota, que no dejaría el poder presidencial por un resultado de las urnas. Pero el otrora partido hegemónico aceptó los resultados de las instituciones electorales y, la misma noche de la elección, aceptó que fue derrotado. Parecería que es una obligación, y lo es, reconocer las derrotas. Pero muchos otros partidos, políticos y gobiernos, no necesariamente actúan con el aplomo democrático al saberse derrotados. De ese acto muy poco valorado, se siguió una gobierno de alternancia sin mayores problemas de legitimidad y sin una complicación social postelectoral.

Ayer, la muestra de madurez y convicción democrática se expresó rápido y de forma sorprendentemente responsable. Apenas rebasada la hora de cerradas las casillas, José Antonio Meade, el candidato del PRI, salió a reconocer que la mayoría no le beneficiaba. Además, señaló que reconocía la tendencia en favor de López Obrador. Minutos después, Ricardo Anaya, el candidato del Frente, admite la derrota, señala algunas irregularidades en la capital del país, pero advierte, esto no mancha el triunfo de López Obrador. Con el reconocimiento de la derrota de sus principales adversarios, el candidato de Morena quedó legitimado con un enorme bono democrático, entregado con mucha madurez por quienes fueron sus adversarios. No se puede dejar de advertir que la diferencia electoral en favor de López Obrador fue muy contundente. Una ventaja muy amplia que ayudó a que no existiera espacio para titubeos. No obstante, la rápida certeza sobre los resultados, en voz de los mismos contendientes, es una noticia extraordinaria para nuestra democracia.

El ganador de la elección presidencial no lo dio a conocer la autoridad electoral (más tarde, obvio que sí), sino la abrumadora mayoría de la tendencia de la votación y la madurez y convicción democrática de Meade y Anaya, principales adversarios de López Obrador. Hoy amanecemos con un México tranquilo, en paz, con la certeza de que los votos determinaron con claridad a quién corresponderá llevar la jefatura de Estado y de gobierno de México…

gabtorre@hotmail.com



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