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Jueves , 20.09.2018 / 08:31 Hoy

Semillas de conciencia

El concierto de las almas

Gabriel Rubio Badillo

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Somos almas entre el polvo de lo transitorio. Almas que se tocan entre sí. Que se miran. Que se dicen cosas. Nos tocamos con los ojos y las palabras. Aquí nada es para siempre. Sólo lo que nos vamos dejando unos a otros. Solo lo que nos hacemos. Lo que nos vaciamos de una a otra alma. La vida nos otorga una cita a ciegas con el final, como única cosa segura en el mundo. Nos da un margen, ora estrecho, ora extenso, para sembrarnos cosas, para tatuar a otras almas. Para irnos dejando huellas en la memoria de los sentires. Y el viento del final de repente nos arrebata todo, tumba todo de encima de las mesas, borra risas y pesares, disipa los abrazos y las caricias, desdibuja las facciones de lo que fuimos ayer sí y ahora no. Y de todo lo que se marcha y se pierde solo quedan las huellas impresas; cada mirada de esperanza. Cada puente de expectativa hacia los otros, cada fragmento de alegría brindada y compartida. Quedan los hombros que sostuvieron una cabeza llorosa, un corazón partido, una mano inesperada cuando la desolación de comía todo.

Quedan las luces del amanecer, contempladas sobre una espalda desnuda. El eco de las risas y el recuerdo. El viento de los columpios y la taza de café en una noche de complicidad e intelecto.Somos a fin de cuentas almas viajeras, envueltas de los otros, de sus desdichas y rostros encendidos. De la palabra amor. Espíritus irredentos aferrados a creer, a esperar. A no dejar ir. A despertar a otras almas con lamentos nocturnos con el espanto de la tristeza. Con la daga fría de la nostalgia. Somos almas taciturnas buscando a tientas, jugando a quedarsepara siempre, a no gastarse, a conservar el mundo y los sueños. Almas empeñadas en torcer la realidad, y volverla un converso a la religión de nuestras ilusas pretensiones. Siempre viajando, yendo, soñando con quedarse. Almas que atraviesan la aurora boreal de lo eterno, de la despedida obligada de los deseos, huyéndole a la cita inevitable del reloj de arena vaciado al otro lado. Queriendo extender de más la vida. Temerosas de no ser ya. Aterradas con la sola posibilidad de que no hubiese más nada después de esto, sino el negro manto de la inconciencia. Pero algo late dentro, besos perpetuos, esperanzas convencidas a sí mismas de su propia eternidad. Apuestas a la certeza de la permanencia, necias apuestas, tan necias como necesarias para la diaria esperanza.

Y un día el alma al fin se marcha, precedida del afán de agarrar el aire y la vida que se escurre como arena fina. Y descubre que haberse dado y entregado era la respuesta a todos los porqués.

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