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Jueves , 18.10.2018 / 13:20 Hoy

Semillas de conciencia

El arte de vivir en paz

Gabriel Rubio Badillo

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El dolor es parte del proceso de crecer; el sufrimiento NO. No te quedes estacionado en el rencor. Cuando perdonas aprendes a amar. Reescribes la historia emocional de lo vivido. Si sanamos la infancia, sana el presente. Si sana el niño, se cura el adulto. Si reaprendes el amor parental se purifica el amor en pareja. Figura-fondo.

Cuando hay necesidad de perdonar a nuestros padres, empezamos por aceptarlos como figuras terrenales, llenas de maravillas y también de yerros; no son deidades del Olimpo, pero tampoco son enviados del inframundo, mensajeros del Hades. No tienen investidura divina concedida por Zeus, pero tampoco la mirada petrificante de Medusa. Acéptalos. Trataron de hacer lo que podían. Ninguno de nosotros podemos hacer algo distinto a eso. Lo que tienes es lo que compartes.

Nuestros padres a veces ya están viejos o enfermos para cuando nos cae ese veinte… han perdido su energía original. Caminan con figura encorvada y cabezas encanecidas, con poca piel y más huesos… y entonces, un arrebato de ternura nos consume y arrasa los ojos… y somos capaces de abrazarlos; de protegerlos y cuidarlos...

Sus ojos tristes piden amor a gritos. Ahora son débiles y dependientes. El ciclo de la vida. Para allá vamos. Nos descubrimos amándolos, conmovidos. Entonces sabemos que no hay nada que perdonarles.

Muchos tiene que hacer este insight sobre una tumba: duele, lloras, pero al final te liberas. Les dices lo que no alcanzaste a decir. No podías predecir fechas. No te exijas cosas que no son de humanos. Grítales que los amas. Donde quiera que se encuentren jura que te están escuchando y su alma estará más serena después de que hagas eso.

Si aun los tienes contigo, aprovecha esa oportunidad; es un regalo genuino del universo. Te sueltas, te liberas, perdonas y amas como un ser de conciencia despierta. Ahí te percibes, sin nada que perdonar. Párate de la computadora y llámales por teléfono o corre a abrazarlos, y grítales con todas tus fuerzas que los amas más que a nada en el mundo.

Y entonces, sólo hasta entonces, serás capaz de coincidir con Amado Nervo en su monumental y portentoso autodescubrimiento: “Vida nada me debes… vida estamos en paz”.

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