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Sábado , 15.12.2018 / 15:43 Hoy

Corazón con Fecha de Caducidad

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El desamor nos transforma;

De un viento huracanado, a una suave llovizna. De pupilas inmensas retacadas con fuego, a miradas grises acunando la resignación.

De un sol radiante, a una apacible y tenue luz. De mil vidas que no alcanzan a una que urge acabarse.

De tardes inagotables, a noches sedentarias.

De piel infinita y manos insuficientes, al apenas tenue, tímido, torpe roce de unos dedos.

De mariposas encendidas en la panza, a una parvada de golondrinas tristes.

De un corazón con collar de cascabeles, al manso, básico, mínimo latir del estar vivo.

De amaneceres de ensueño, a molestos gallos rutinarios.

De una fiesta en el cabello suelto a una mirada indiferente.

De un corazón de caballo desbocado, a un desconfiado y precavido trote.

De mil historias que contar a cenas silenciosas.

De vaporosas túnicas, a deshilvanados vestidos.

De gráciles bailes en un mosaico, a una cama que se antoja chica.

De una ducha cantarina y presurosa, a un baño antidepresivo de 2 horas.

De miradas que atraviesan, a ojos somnolientos.

De dedos entrelazados, a manos en las bolsas.

De suspiros estremecedores, a respiración cansada.

De brincos y saltos a pasitos seniles.

Porque un día, de darse, el corazón se cansa…

y el problema ya no es de quién te enamoraste, sino recordar cómo se le hace para sentir eso.

Porque una tarde no es que el tren ya no retorne; es que has dejado de acudir al andén.

Porque de pronto una cuenta regresiva ha empezado a sonarte en el pecho. Y la vida que era una candela se te hace a lo lejos un punto.

El desamor no te avisa que ha llegado, lo notas al comer sin ganas de comer, se te viene encima como las sombras a la tarde. Y los suspiros se te van haciendo intermitentes. Cada vez más esporádicos. El azul del cielo se vuelve simplemente eso; no más miradas entornadas, no más tu rostro en las nubes. No más tu falda doblando la esquina. No más tu mano y mi mano.

El desamor es la caída libre del salto en el trapecio; la búsqueda de una red que no existe. Porque un día, simplemente, el motor ya no prende.

Y es cuando te das cuenta del horror y el espanto adentro.

Y decides llamarle a eso... Madurez.

Y es cuando comienzas a creer que estás a salvo.mEl desamor nos transforma;

De un viento huracanado, a una suave llovizna. De pupilas inmensas retacadas con fuego, a miradas grises acunando la resignación.

De un sol radiante, a una apacible y tenue luz. De mil vidas que no alcanzan a una que urge acabarse.

De tardes inagotables, a noches sedentarias.

De piel infinita y manos insuficientes, al apenas tenue, tímido, torpe roce de unos dedos.

De mariposas encendidas en la panza, a una parvada de golondrinas tristes.

De un corazón con collar de cascabeles, al manso, básico, mínimo latir del estar vivo.

De amaneceres de ensueño, a molestos gallos rutinarios.

De una fiesta en el cabello suelto a una mirada indiferente.

De un corazón de caballo desbocado, a un desconfiado y precavido trote.

De mil historias que contar a cenas silenciosas.

De vaporosas túnicas, a deshilvanados vestidos.

De gráciles bailes en un mosaico, a una cama que se antoja chica.

De una ducha cantarina y presurosa, a un baño antidepresivo de 2 horas.

De miradas que atraviesan, a ojos somnolientos.

De dedos entrelazados, a manos en las bolsas.

De suspiros estremecedores, a respiración cansada.

De brincos y saltos a pasitos seniles.

Porque un día, de darse, el corazón se cansa…

y el problema ya no es de quién te enamoraste, sino recordar cómo se le hace para sentir eso.

Porque una tarde no es que el tren ya no retorne; es que has dejado de acudir al andén.

Porque de pronto una cuenta regresiva ha empezado a sonarte en el pecho. Y la vida que era una candela se te hace a lo lejos un punto.

El desamor no te avisa que ha llegado, lo notas al comer sin ganas de comer, se te viene encima como las sombras a la tarde. Y los suspiros se te van haciendo intermitentes. Cada vez más esporádicos. El azul del cielo se vuelve simplemente eso; no más miradas entornadas, no más tu rostro en las nubes. No más tu falda doblando la esquina. No más tu mano y mi mano.

El desamor es la caída libre del salto en el trapecio; la búsqueda de una red que no existe. Porque un día, simplemente, el motor ya no prende.

Y es cuando te das cuenta del horror y el espanto adentro.

Y decides llamarle a eso... Madurez.

Y es cuando comienzas a creer que estás a salvo.m

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