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Martes , 23.10.2018 / 16:05 Hoy

Paideia

Regresar al oficio de educar

Gabriel Castillo Domínguez

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En la introducción al libro de Ensayos sobre la literatura de José Revueltas, titulado El vicio de vivir, el escritor Vicente Alfonso menciona que el poeta José Emilio Pacheco le dijo en alguna ocasión “ya no hay grandes maestros porque nadie quiere ser aprendiz”, lo que acepta como cierto y complementa al expresar: “ser aprendiz implica heredar, junto con las técnicas y los secretos del oficio, las dudas de los maestros y el compromiso de hacer lo necesario para resolverlas”.

Este planteamiento tomado del campo de la literatura lo cito porque, en estos tiempos de tantos problemas en el terreno educativo, existen algunas voces que hablan de retomar el educar como oficio, “como producción artesanal”. Sé que puedo estar cometiendo una especie de sacrilegio en esta época de tantos títulos, de tantos posgrados, pero creo que vale la pena explorar algunas ideas y formular comentarios al respecto. La idea de oficio, vinculada a la de artesano y, si se quiere, a la de artista, tiene que ver con una cierta manera de trabajar, donde se hace presente la minuciosidad, la singularidad y la diferencia en cada caso aunque también haya rutinas.

Los productos son portadores del espíritu de quien los hizo y se firman de puño y letra, para trascender en el tiempo. ¿Es esto aplicable a la tarea de educar? Tal vez sólo sea rescatable el sentido de lo expresado.

No obstante, considero válido arriesgarme a plantearlo pues me llama la atención que la supuesta “profesionalización” que en algún momento se vio como la salida a los problemas de calidad de la educación, se ha convertido en una especie de competencia para ver quien reúne más títulos y de más alto rango.

El propio sistema educativo ha favorecido la tendencia al credencialismo, esto es, a privilegiar la posesión de títulos, en lugar de cuidar que los resultados positivos en los aprendizajes de los alumnos sea lo que califique el desempeño de los docentes. Hay una confianza excesiva en las credenciales, sin que se constate en la práctica la suficiente y adecuada calificación de los portadores como para garantizar calidad en el trabajo docente, en la función directiva o en la supervisión.

Además, se ha generado una estratificación en el sistema colocando en la cúspide de la pirámide a quienes poseen las más altas credenciales.

¿Ello garantiza más calidad? De ahí la otra pregunta: ¿Es conveniente retomar la idea de oficio aplicada a la tarea de educar? Baste considerar los ejemplos de grandes maestros como Rafael Ramírez, Torres Quintero o José Santos Valdés. No se trata de retroceder o desprofesionalizar la carrera de maestros, se trata de establecer una filosofía para el ejercicio de la importante tarea de educar.


gabriel_castillodmz@hotmail.com

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