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Domingo , 24.06.2018 / 10:01 Hoy

Paideia

Escuela y lenguaje

Gabriel Castillo Domínguez

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No hace mucho tiempo leí una expresión de un educador argentino respecto a la escuela. Dijo que su misión revolucionaria es ser “baluarte de la resistencia de lo humano” y, de acuerdo con la idea que tengo de la función de la escuela, es necesario no perder de vista este señalamiento.

La escuela no debe dejar de considerarse un lugar de formación, un espacio educativo y no sólo de instrucción o de transmisión de saberes. Podrá pensarse o decirse que esto es algo ya muy trillado.

Y sí, es un planteamiento reiterado a través del tiempo, pero que parece olvidarse en la práctica, sobre todo en nuestros días. Tomaré el ejemplo del lenguaje, como un asunto de enorme importancia en el que la escuela y los maestros, al parecer, hemos ido perdiendo terreno.

¿Cómo se propicia, desde las instituciones educativas, el dominio de nuestra lengua, el manejo correcto del lenguaje? ¿Es una herramienta básica en decadencia? ¿La usamos acaso para comunicar nuestras ideas, para confrontarlas con los demás? No desconocemos que para argumentar, para defender nuestras opiniones, para debatir, es indispensable el lenguaje. Aunque pareciera que también el debate es algo que se ha desvalorizado. ¿Puede hablarse hoy de pobreza de lenguaje y de insuficiente discusión de ideas, o estamos frente a nuevas formas de lenguaje y actitudes diferentes ante el uso de la lengua? Fuera una cosa u otra, el asunto es hoy qué papel está asumiendo la escuela. Cómo está enfrentando las nuevas circunstancias respecto a un viejo problema: dar un uso correcto al lenguaje.

Alguien ha dicho que el lenguaje es la huella del espíritu, o también podemos decir que somos lo que hablamos y cómo hablamos. El lenguaje es, si no la principal, una de las principales características del ser humano, y está estrechamente ligado al pensamiento, de ahí que deba ser una de las prioridades a atenderse por parte de la escuela en la actualidad. Si no se cuida la competencia verbal, que incluye la riqueza de vocabulario, se tiene menor posibilidad de un pensamiento articulado.

¿Qué se tiene que hacer entonces para que la escuela siga siendo un espacio donde se desarrolle y se cultive el entusiasmo, además del respeto, por el conocimiento, el pensamiento, la cultura y, como elemento fundamental, por el lenguaje?

Me parece que hacia estos asuntos debe orientarse el debate sobre la centralidad de las escuelas y, de esa forma, evitar que el modelo de Escuelas al Centro quede sólo en los aspectos materiales y administrativos. Insisto, más pedagogía y menos administración.


gabriel_castillodmz@hotmail.com

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