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Lunes , 25.06.2018 / 06:30 Hoy

Paideia

Acerca de la indignación

Gabriel Castillo Domínguez

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En el curso de interesantes conversaciones que Zygmunt Bauman sostuvo con Ricardo Mazzeo, y que aparecieron publicadas en un libro bajo el título Sobre la educación en un mundo líquido, el agudo sociólogo polaco reflexiona acerca de la difícil situación por la que atraviesan los jóvenes en la actualidad, así como del papel de la educación y los educadores.

Bauman cita un pequeño libro o folleto publicado en Francia en 2010 con el nombre Indignez-vous! de Stéphane Hessel, que se convirtió en un fenómeno editorial y se tradujo al español en 2011 en Barcelona como ¡Indignaos! En ese “vigoroso texto”, a decir de importantes periodistas europeos, se llama a “abandonar la apatía y establecer un compromiso con una ‘insurrección pacífica’”.

Es una apelación contra todas las injusticias que aquejan al mundo contemporáneo.La lectura de ese folleto resulta una fuerte sacudida; nos obliga a pensar la inconveniencia de seguir indiferentes ante lo que ocurre en nuestro país o en el mundo. Hessel plantea que la indiferencia es la peor de las actitudes.

Es un hombre de 93 años, que se dirige a los jóvenes para decirles que si se comportan así perderán uno de los componentes esenciales del Hombre: la facultad de indignación y el compromiso que la sigue.

Les pide ver a su alrededor para encontrar los hechos que justifiquen su indignación; las situaciones concretas que los lleven a emprender acciones ciudadanas fuertes. Esto es válido hoy para Francia, para México y muchas partes del planeta.

Hemos padecido un modelo económico que nos ha llevado a lo que hoy se denomina “dictadura de los mercados financieros”, que ha puesto en peligro la paz social.

De alguna manera hemos sucumbido ante el consumismo voraz y ante las distracciones tramposas que nos ofrecen los medios de comunicación masivos, lo que ayuda a ocultar la gravedad de lo que ocurre, por lo menos en México, en cuanto a violaciones a derechos humanos, pérdida de conquistas sociales (jubilación, acceso a la salud, salario mínimo suficiente, educación de calidad, entre otras), falta de oportunidades de estudio y trabajo, corrupción, impunidad, desgobierno.

Damos por hecho que el Estado no tiene dinero para procurar el bienestar de los ciudadanos, cuando sabemos que la producción de la riqueza ha ido en aumento. El problema es la distribución. Unos pocos se han quedado con lo que es de todos: los recursos del país, y se ha propiciado una insultante desigualdad que ya es insoportable.

¿Es esta sociedad desigual e injusta la que queremos? ¿Estamos orgullosos de ella? ¿Habrá motivos para indignarnos por el actual estado de cosas?



gabriel_castillodmz@hotmail.com

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