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Columna de Frank Lozano

Alan Pulido y las elecciones del domingo

Frank Lozano

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Cuesta trabajo creer que un futbolista profesional, que tiene una carrera relativamente exitosa, se haya prestado a simular un secuestro para favorecer a alguien en particular.

El asunto de Alan Pulido se ha vuelto una vitrina donde se exhiben las grietas de un país profundamente golpeado. La duda, más que sobre el futbolista, reposa en las autoridades.

La gente, cansada de ver en su cotidianidad la ruina de la seguridad y la falacia de la justica, termina por llevar al territorio de la conspiración un caso que, probablemente, sucedió tal y como fue narrado por el fiscal de Tamaulipas.

La pronta liberación del jugador no anula el hecho de que Tamaulipas es una entidad insegura: bloqueos de vialidades, ejecuciones, cobro de cuotas, secuestros, son ejercidos por los grupos criminales impunemente. Tampoco anula la percepción social de que las autoridades reaccionan dependiendo el caso en turno que enfrentan. En este caso en particular, uno mediático, ruidoso, incómodo.

La respuesta fue inmediata. Un despliegue coordinado. Toda la fuerza del estado concentrada en solucionar el problema. En tanto, el público observa, compara y concluye: mi vida no tiene el mismo valor que la de una persona mediática. Si por cada desaparecido, el estado reaccionara de la misma forma, otro gallo cantara.

El menos culpable de todo esto es Alan Pulido. Es víctima por partida doble: víctima de un secuestro y víctima de la suspicacia social que lo asocia a una trama conspirativa. La siguiente víctima es la ciudadanía que tendrá que continuar su vida en la confusión, incapaz de distinguir entre la realidad y la mentira; sintiéndose ciudadanos de segunda, vulnerables.

El próximo domingo habrá elecciones en Tamaulipas y en otros estados de la república. Dicho proceso electoral, más que un laboratorio de lo que podría pasar en la elección del 2018, será una operación a corazón abierto de nuestra democracia. La guerra sucia y el propio descrédito de los partidos políticos, tienen en jaque a la democracia misma.

Al parecer, tras cada elección, lejos de hacer del voto un instrumento que fortalezca a la democracia, se vuelve un objeto que la golpea. El ciudadano que vota, acumula frustraciones trienales o sexenales; su voto, no abona al cambio, sino a la prolongación de los males. De este modo, las elecciones se vuelven ejercicios de traslación del poder, de una camarilla de individuos a otros, y no en procesos de construcción política y social que definan proyectos de desarrollo.

¿Cómo y por quién votar el próximo domingo?

Ni puta idea.

franklozanodelreal@gmail.com

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