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Columna de Francisco Valdés Perezgasga

El meollo

Francisco Valdés Perezgasga

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Ni duda cabe. Tenemos un problema. O muchos. El mayor, el uso insustentable del agua. El más importante, que somos mineros líquidos, empeñados en quedarnos sin nada y terminar suicidando a nuestra comunidad.Hay otros.

El colapso de las poblaciones de polinizadores, manejados y silvestres. La muerte de las palmas. La mala calidad del aire. La mancha de asfalto que crece y procrea falta de servicios, inundaciones, uso forzado del coche.¿Hay culpables? Porque nos encanta buscarlos, encontrarlos, arrinconarlos.

Déjeme darle una noticia: todas y todos somos culpables del desastre. Unos más que otros, pero todos.Veamos el agua. Se acaba por su uso insustentable, por crecer forrajes sedientos en el desierto.

Forraje que es comida del medio millón de vacas lecheras que tenemos. ¿Tienen la culpa los lecheros o el público que demanda leche, quesos y yogures? ¿Tiene la culpa el público que demanda leche, quesos y yogures o la falsa publicidad que, por ejemplo, en una versión moderna del milagro de Canaan, transforma las secreciones bovinas en bebida deportiva?Las palmas.

¿Quién las está matando? ¿El gobierno? ¿El municipal, el federal, el estatal? ¿O quienes insistimos en traer plantas exóticas hasta que con ellas trajimos al cícido y al fitoplasma?¿Ve usted el patrón en todos y cada uno de nuestros problemas ambientales? Un patrón existencial, creo.

Nos resistimos a ser habitantes de esta tierra. Renegamos de ella. Generamos riqueza efímera a base de destruirla. Somos ajenos, no somos nativos. No queremos al desierto y en consecuencia no nos queremos a nosotros mismos.Piénselo. Es una capa adicional al problema cultural de sentirnos ajenos a la naturaleza. Ajenos, superiores y soberbios.

Esa negación y este desapego nos lleva a ser hostiles contra lo que debería de ser nuestro hogar.Los desiertos nos han dado tanto. Han sido escenario de lo que somos. La evolución de nuestra especie. El origen de nuestros principales alimentos. Nuestras creencias religiosas.

Deberíamos sentirnos bendecidos de vivir en uno. Y vivir de acuerdo con sus reglas, sus límites y sus abundancias. Dejar de hacerle la guerra. Volver al hogar tan lejano pero del que paradójicamente nunca nos hemos ido.


twitter.com/fvaldesp

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