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Domingo , 24.06.2018 / 10:51 Hoy

Siete puntos

Morir-para-vivir

Francisco Gómez

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1. Nuestra historia está plagada de dualidades. Amor-odio, salud-enfermedad, paz-guerra, cielo-tierra, alegría-tristeza, saciedad-carencia, día-noche, etc. Quizá la que más nos impacta, sobre todo en las edades adultas, es la de vida-muerte. Ésta es una realidad de la que no podemos escapar y tratamos, en la medida de lo posible, de retrasar su arribo. No siempre se logra, y abundan las personas que, llevando una vida sana y sin excesos, con dietas y ejercicio físico frecuente, encontraron el final de sus días a muy temprana edad.

2. Pero el binomio vida-muerte es abordado no sólo por la medicina. La literatura y la filosofía, por ejemplo, se regodean en la exaltación de la felicidad como sinónimo de vida; la tristeza, por su parte, equivale a la muerte. ¿Cuántos enamorados se sienten como fantasmas, arrastrando su corazón magullado por el desaire de la persona amada? ¿Qué tan vivo está quien no se siente reconocido en su trabajo? ¿Han muerto en realidad, como lo propone la postmodernidad, los megarrelatos que proponen un final feliz?

3. Pero es, quizá, la teología, quien más se ha preocupado de esta combinación entre vida y muerte. Hoy, por ejemplo, y conforme a la tradición cristiana, conmemoramos la muerte de Jesús. Ella forma parte de ese concepto, central para la cultura judía, que es la Pascua. Así como el pueblo de Israel sale de Egipto, guiado por Moisés, y pasa —pascua— a través del mar Rojo, así Jesús experimenta su propia Pascua. Ya no será sólo el paso de la esclavitud a la libertad, que dio el pueblo judío, sino el paso de la muerte a la vida, a su resurrección.

4. Pero, más allá de esta dimensión cristiano-pascual, nuestra existencia misma está transida del morir-para-vivir. En nuestro desarrollo humano, por ejemplo, es sabido que crecemos de manera adecuada cuando combinamos una buena dosis de gratificaciones con otra de frustraciones. Al realizar un trabajo en equipo, o una negociación, tenemos que aprender a ceder, a prescindir de nuestras certezas, en aras de un proyecto conjunto, de un bien superior, o de un resultado mejor.

5. Un deportista que se entrena para la gran competencia, que invierte largas horas de su tiempo para lograr la anhelada medalla, deberá renunciar —morir— a muchas cosas con tal de lograr su objetivo —vivir—. No podemos hacer siempre lo que queremos, y el sacrificio está presente en nuestras actividades cotidianas. De ahí que la muerte tiene sentido sólo si antecede a la vida, y morir para este mundo no puede significar un punto de llegada, sino de partida. La muerte no es ya el fin, sino el principio.

6. Ojalá y este Viernes Santo, ya que participemos en alguno de los oficios litúrgicos, ya que disfrutemos de un necesario descanso, podamos plantearnos esta pregunta: ¿a qué cosas debo morir... para poder vivir? La Pascua judía, y la Pascua de Jesús nos invitan a vivir nuestra propia Pascua, a dar nuestro propio paso. Como lo dijo Albert Einstein: "Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo". Si queremos una vida diferente: ¿no sería bueno que murieran algunas de nuestras certezas?

7. Cierre ciclónico. Para no creerse. Una señora comparte a su grupo de amigas, a través de un WhatsApp, su preocupación por lo sucedido en Bruselas. El atentado terrorista, le dijo su esposo —que se ufana de conocer a la perfección los mercados internacionales—, provocaría la caída de las bolsas en todo el mundo y el disparo del dólar. No fue así. Ella respira tranquila pues podrá comprar, a precio todavía accesible, la divisa norteamericana para sus vacaciones de estos días. Pero rezará para que se acabe el terrorismo en el mundo.


papacomeister@gmail.com

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