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Martes , 23.10.2018 / 06:03 Hoy

Siete puntos

Evaluarnos

Francisco Gómez

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1. Entiendo que uno de los principales problemas del actual conflicto magisterial es el de la evaluación, rechazada por los maestros y hoy reconsiderada por la Secretaría de Educación. Es uno de esos difíciles temas en donde pareciera que las dos partes en disputa tienen algo de razón. Las autoridades, y en especial la opinión pública, están en lo correcto al exigir que se evalúe a los maestros, pues ese instrumento ayudará a mejorar la educación en nuestro país. De acuerdo. Pero los mentores también tienen razón cuando piden una evaluación...

2. ... diferenciada, de acuerdo a las contrastantes regiones de nuestro país; no punitiva sino motivacional; integral, y no sólo circunscrita a algunos datos y competencias; simultánea al trabajo en el aula y no como condición para adquirir o permanecer en ese trabajo; tendiente a convertirse en una autoevaluación; con diferentes instrumentos evaluativos; capaces de involucrar, también, a alumnos y padres de familia; etc. Pues bien. Parece que las autoridades educativas están considerando un replanteamiento de la mentada herramienta.

3. He visto, a lo largo de todo este proceso que ha detonado la reforma educativa –para muchos es, más bien, una reforma laboral o administrativa–, una pregunta que con insistencia plantean los maestros: ¿por qué sólo a ellos se les quiere evaluar? ¿Por qué no se examina también, por ejemplo, a los funcionarios públicos, a los gobernantes? ¿Pasarían la prueba de la honestidad algunos gobernadores y alcaldes? ¿Y la de competencias profesionales nuestros diputados y senadores? ¿Qué decir de los partidos políticos?

4. La percepción generalizada, creo, es de que tales personajes reprobarían cualquier instrumento evaluativo y, sin embargo, seguirán gozando de sus inmensos sueldos e innumerables prebendas. Se critica a los maestros por heredar plazas: ¿no hacen lo mismo algunos dueños de partidos políticos, que transmiten a sus familiares, de generación en generación, diputaciones y senadurías? Se acusa a los mentores de faltar con frecuencia a su trabajo: ¿cómo anda la asistencia a sus sesiones de nuestro honorable Congreso?

5. Sin embargo, es muy fácil tirar la piedra en contra de gobernantes y maestros: ¿aceptaríamos todos ser evaluados en nuestras diferentes tareas? La experiencia nos dice que no nos gusta ser calificados, porque resultará inevitable que de ese examen surjan nuestras áreas de oportunidad, sombras o defectos. Acusaremos a quien nos prueba de ser subjetivo, de obedecer a intereses oscuros, de querernos perjudicar. Una buena evaluación es como un espejo en el que nos miramos: aparecen nuestras bellezas, claro, pero también las arrugas.

6. Pero sólo lo que se evalúa se mejora, y si nos resistimos a someter al análisis objetivo lo que hacemos, nunca podremos superarnos. Sometámonos al juicio de nuestros clientes, familiares, pacientes, fieles, representados; preguntemos a cercanos y lejanos sobre nuestro desempeño; abrámonos a las críticas positivas y también a la negativas –que algo tendrán de verdad–; y, sobre todo, crezcamos en el ejercicio de la autoevaluación, pues el juez más implacable de nuestros actos siempre será uno mismo. Claro, si no nos engañamos.

7. Cierre ciclónico. Peña Nieto nos pidió perdón. No basta con ello. Junto al reconocimiento de la falta –o del error, como él mismo llamó al asunto de la Casa Blanca– está la necesaria reparación del daño. Y si él reconoce que "lastimó a la investidura presidencial y dañó la confianza en su gobierno", ¿cómo sanará esa lastimadura y repondrá esa confianza? No lo hace al distinguir entre error –que no cometió, pues actuó conforme a la ley– y percepción del mismo –que es nuestra manera de juzgarlo–. Qué mala imagen nos hemos hecho de él. Pobre.

papacomeister@gmail.com

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