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Elitismo para todos

Universo y nuez: Hawking

Fernando Solana Olivares

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La lógica contemporánea sostiene que la afirmación “no hay nada fuera” implica que algo podría estar fuera. Por eso utiliza otra forma de decirlo: “No hay cosa alguna que esté fuera”. Stephen Hawking postuló la existencia de esa nada hasta antes del instante, hará unos 15 mil millones de años, cuando surgió el átomo primordial que dio origen al universo, el big bang o gran explosión inicial.

La teoría general de la relatividad implica, escribió en El universo en una cáscara de nuez (Planeta), que el tiempo tuvo un comienzo, aunque a Einstein nunca le gustara esta idea. Y en ella, el espacio y el tiempo dejaron de ser el escenario pasivo en que ocurrían los acontecimientos para convertirse en participantes activos de la dinámica del universo. Este cambio de paradigma científico modificaría radicalmente la percepción del mundo, y las manifestaciones de ello afectarían todo el proceso cultural y humano que vendría después. Dicho frugalmente: a partir de entonces, el mundo y lo existente sería relativo.

Hawking, ocupante de la cátedra Lucasiana de Matemáticas en Cambridge, que antes tuvo Newton, cita a Charles Lamb, autor del siglo XIX, para preguntarse por el enigma del tiempo que contiene el espacio: “Nada me produce tanta perplejidad como el tiempo y el espacio. Sin embargo, nada me preocupa menos que el tiempo y el espacio”. Según su propia noción, que no es solamente una corriente que fluye y se lleva nuestras vidas ni una vía que marcha siempre hacia adelante, el modelo del tiempo es el de una línea ferroviaria con bucles y ramificaciones por los cuales se puede avanzar y quizá también regresar.

A partir de una perspectiva positivista, “la forma más operativa de la filosofía de la ciencia”, su método de pensar consistía en la elaboración de un modelo matemático que codificara observaciones y describiera un amplio dominio de fenómenos a partir de unos pocos postulados sencillos. Y que efectuara predicciones definidas que pudieran someterse a prueba. “Si las predicciones concuerdan con las observaciones, la teoría sobrevive a la prueba, aunque nunca se pueda demostrar que sea correcta”, escribió. Desde esa perspectiva, Hawking refuta la posibilidad de decir qué es realmente el tiempo, y también el sentido de preguntarse qué ocurrió antes del origen del universo y qué será después del fin, porque tales tiempos no están definidos.

La deformación del espacio-tiempo que provoca la materia por acción de la gravedad confirma la teoría de que el tiempo tiene una forma parecida a la de una pera, en cuyo vértice el observador actual que mira hacia el pasado desde el momento actual contempla las galaxias como eran hace cinco mil millones de años, debajo de ellas un fondo de microondas, luego una densidad de materia que hace que la luz se curve hacia dentro, y al final la singularidad de la gran explosión, como la llama Hawking.

Aunque se reclamó ateo, el gran científico británico corrigió aquella expresión de Einstein acerca de que Dios no jugaba a los dados con el universo —una resistencia mental del pensador alemán ante la revolución cuasi fantástica, una nueva imagen de la realidad propuesta por la mecánica cuántica—: sí juega, aseguró el cosmólogo inglés, y además esconde los dados.

De ahí la imposibilidad todavía de articular una Teoría definitiva del Todo, el escurridizo grial de la ciencia que Hawking buscó entre las hasta hace muy poco impensables teorías de las supercuerdas (partículas descritas como ondas de una cuerda), las p-branas (superficies o membranas que constituyen la “fábrica espacial” de nuestro universo), la teoría M (que une las diversas teorías de supercuerdas en un solo marco que parece tener 11 dimensiones espacio-temporales), las teorías del tiempo imaginario, del imposible tiempo absoluto, del principio de incertidumbre, de la supergravedad o la supersimetría.

La mente humana dilata sus límites e intenta descubrir una teoría unificada que gobierne el universo y sus fenómenos. Hawking avanzó grandemente en el empeño. Su drama personal —si lo hay, pues a la dificultad máxima de su esclerosis la convirtió en fuerza— consistirá en haberse ido de este plano antes de que aquella explicación se consiga. El principio antrópico afirma que el universo debe ser como lo vemos; si fuera diferente no existiría nadie para observarlo.

Su libro cita a Hamlet: “Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito”. Hawking lo fue sin ningún límite.

fmsolana@yahoo.com.mx

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