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Viernes , 14.12.2018 / 07:05 Hoy

Elitismo para todos

Mirando al rey Lear

Fernando Solana Olivares

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Los ciclos se cumplen, las edades terminan. Lo soñé o me soñó. Tal vez. Era el rey Lear, aquel gigante tan desdichado de Shakespeare que vino a mí sin aviso alguno, porque así suceden las cosas en los sueños. En nuestro encuentro casual que era una cita hubo ausencias, como la del inexplicable Bufón, quien nunca acudió. Confieso haberlo extrañado. Pero he aprendido a entender las circunstancias que me rodean como los cabalistas suelen leer la Biblia: todas las ausencias son significativas, todas las ausencias son presencias justamente porque no están.

No estuvo Cordelia, la hija fiel y asesinada, la del don del paciente silencio y el atento amor. Ni sus perversas hermanas Gonerila y Regania, malévolas odiadoras del padre y enemigas entre sí. No se presentó esa brutal negación llamada Edmundo, el personaje más frío que la imaginación humana hubiera compuesto jamás. Tampoco Édgar, el de la heroica desesperanza, campeón implacable que vengará las atrocidades del hermano cainita. Ni el atormentado conde de Gloucester, a quien le arrancan los ojos y multiplican su aflicción. O el envejecido Kent, que muy pronto se reuniría con su amo en la muerte mayor.

Solo llegó Lear al sueño inhóspito, el viejo rey loco, ese sol crepuscular, aquel padre traicionado que tambaleante llevará en brazos a su Cordelia ahorcada y antes malquerida por él, con la cual, ya muerta, al fin será reconciliado. Quise preguntarle tantas cosas. Él me las dijo o yo las planteé. Tal vez.

Su presencia se volvía aplastante en su magnitud pues estaba muy cerca de mí, emocionalmente aún más. Su cabellera era una cauda hostil que ondeaba al viento y su rostro, cruzado por las cicatrices de los días, el abandono y la tristeza, una profunda tristeza, parecía una máscara agrietada por el dolor. Encerraba una desamparada grandeza que se coronaba a sí misma con flores, como un loco sagrado o un viejo atroz. En su furia había una infinita franqueza, no abrigaba ninguna duplicidad. Era demasiado grande para disimular nada: ser tiene menos letras que parecer.

Al estar a su lado recordé algunas palabras dichas por un crítico, que esa magnífica generosidad de su espíritu lo hacía amar demasiado y a la vez lo empujaba a pedir demasiado amor. Craso error, ya que uno debe aprender, si puede hacerlo, a amar sin esperar nada a cambio. Amor no recíproco, amor en una sola dirección. Entonces el amor es tarea de santos. Y Lear era humano, a pesar de su majestuosa inmensidad. Quizá fue entonces cuando le pregunté cuál era su auténtica profecía, si contra la naturaleza que nos lleva a la muerte haciéndonos viejos o contra la ingratitud filial, de hijas e hijos, da igual.

Solo puedo suponer que su respuesta alcanzó las dos cuestiones. Él ya había dicho, en el violento expresionismo que su autor pondría en sus labios, “aquí reniego de todo mi cuidado paternal”. Estaba equivocado al dirigir esta sentencia a Cordelia, la hija amorosa aunque inexpresiva, y no a los demonios de las otras dos. Pero acertaba al recusar sin contemplaciones el engañoso mito del idilio familiar. Nunca llegó a la fórmula neognóstica de Borges, uno de sus tantos deudores, para decir que los espejos y la paternidad son abominables porque multiplican el número de los seres humanos, pero habló del “oscuro y vicioso lugar” donde se engendran los vástagos ingratos.

Y luego diría: “Nada saldrá de nada: habla otra vez”. Era el gran padre quebrado y su autoridad rota, el dios padre si se quiere, quien caminaba conmigo en aquellas escenas de fantasmales narrativas que los sueños acostumbran presentar. Como el coro de las cosas derrumbándose, se escuchó la cáustica voz del Bufón ausente dirigiéndose a Lear, y también a mí: “No deberías haber sido viejo hasta que fueras cuerdo”. Después, sin transición alguna, desperté.

He acudido a Harold Bloom, al modo de un diccionario de símbolos, para pasar en limpio mi sueño, cribarlo de impurezas y enterarme que Goethe habría observado que todo anciano es el rey Lear exorcizado por la naturaleza. “La nada engendra la nada”, escribe el riguroso crítico, bien podría ser el lema pragmático de la paternidad en la terrible sabiduría de esta tragedia. Una acción humana que tendría lugar en aquel mundo que la sabiduría gnóstica llamó kenoma: “vacío”.

La paternidad retribuida, que debe haberla (y la maternidad satisfecha, condición implícita en todo esto), también sería un aspecto, aunque no el más interesante, del eterno rey Lear.

fmsolana@yahoo.com.mx

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