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Elitismo para todos

‘Luna roja’

Fernando Solana Olivares

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A cada quien suelen aquejarlo sus propias incapacidades. Entre tantas de las mías, yo no sé venderme o me vendo mal. Nunca comprendí la tonta frase de un escritor que ampulosamente hablaba de sí mismo como de una marca a explotar. No me imagino a un Balzac diciendo semejantes insensateces. Por eso me parece aberrante el “concepto”
marca-país.

A pesar de eso, romántico y anacrónico, los juegos del intercambio, o séase del comercio, marcan la pauta de toda la cruda realidad (hay otras realidades, son interiores y exteriores, aunque ello no venga ahora a colación). Y como el que no enseña no vende, debo enseñar. Elogio (promoción) en boca propia es vituperio ajeno, dice la vieja sabiduría, pero qué se le va a hacer.  

Apareció apenas Luna roja. Horizontes y ensayos, una hermosa y casi perfecta edición de El Tapiz del Unicornio, pequeña editorial de calidad que empieza a consolidarse en el mercado literario mexicano, cumpliendo una tarea heroica y culturalmente vital. Una misión anti barbarie, políticamente necesaria para sobrevivir.

Mercado: mala palabra, hay que vender. En su primer catálogo, Balthus pidió que solamente pusieran en él su nombre y un dato curricular: pintor. Los escritores igual somos una especie extraña y desdichada. A mí, por ejemplo, me saca de quicio encontrarme en el texto comas y signos de puntuación que yo no puse. Los compulsivos correctores ansían meterse a la escritura ajena, así esté bien escrita. Si no lo hacen, no son. Y uno se perturba: irritantes síquicos del oficio de la escritura o una pasión desdichada que ella misma provoca. Todos estamos en lucha con el lenguaje.

Luna roja. Horizontes y ensayos reúne diversos textos en un género que Alfonso Reyes llamó miscelánea y Salvador Elizondo bautizó como estanquillo. Es una suma de fragmentos que componen una visión de época, un panorama. La teoría dice que mirar es rodear un objeto desde diversos puntos de vista. Así que está dividido en cinco partes, cinco aproximaciones o perspectivas: Registro de resistencias; Museo de máscaras; Apuntes desde Rulfiana; Los libros, las palabras, las transfiguraciones; y Piezas sueltas.

En la primera se agrupan reflexiones sobre la época, tentativas para nombrar lo que pasa, utilizando desde Rulfo hasta Tolstoi y pasando por la ecocrítica; en la segunda hay retratos en escorzo, trazos de personajes y sus circunstancias, contextos, anécdotas; la tercera parte concentra narraciones que alcanzan un tono de parodia, de cierta exageración o ironía como recurso que intenta lograr efectos literarios, textuales; la cuarta es un ensayo sobre la fascinación del lenguaje, de la lectura y las palabras, la materia que nos hace ser seres humanos; el quinto se compone de momentos y fragmentos: son los horizontes a los que alude el subtítulo.

Es escritura, una reunión de la forma y el fondo, o eso pretende alcanzar. ¿Cómo definir Luna roja? No lo sé. En clase de literatura me da por debatir las teorías literarias –se llaman ideologías de la sospecha– como el marxismo y el psicoanálisis, que afirman conocer sobre las pulsiones y el sentido de la obra mucho más de lo que al respecto logra saber el mismo autor. Son los usuales desplazamientos del significado en esta época posmo: no la obra sino la crítica, no el cuadro sino el curador. No importa lo primero sino lo secundario: los intermediarios ancilares que sin el hecho estético no tendrían razón de ser.

Karl Kraus, el ácido, advirtió que la época confundiría las urnas con los urinales. Los críticos utilizan categorías y métodos como herramientas para desmenuzar estructuras dentro de la obra, pero no logran entender la sustancia de lo que desmenuzan, el mágico misterio de las palabras encadenadas, del “había una vez” aun siendo ensayo, porque el ensayo es solamente otra manera de contar algo, de describirlo y decir. Los críticos aman sus herramientas más que a las obras de la literatura.  

El lector podrá definir este libro. O aún resolver no hacerlo, pues no es de necesidad forzosa ponerle nombre a todo. Acaso pensar en un género híbrido, de frontera, que mezcla contenidos y modos de enunciarlos. El contenido alcanza otros significados cuando cambia la forma de su
expresión.

“Para nosotros sólo cuenta el intento. Lo demás no es asunto nuestro”, escribió T. S. Eliot. El intento de Luna roja radica en alcanzar una literatura de la pronunciación clara que desata los nudos y representa lo opuesto del oscuro murmullo que anuda o aprisiona, de ese decir que no dice nada.

Los escritores somos mendigos desdeñosos y tal soberbia (un mero mecanismo de protección) hizo promulgar a Ezra Pound la legendaria regla de que no debiera de hacerse caso de la opinión de quien no haya realizado algo cuando menos equivalente a lo que enjuicia. La opinión del lector será indescifrable porque el autor casi nunca la conocerá.

Publicar un libro es como lanzar una botella al mar con un mensaje: que sea comprado. Y que las deidades de la rentabilidad capitalista en su obsesión por lo nuevo no saquen de circulación Luna roja a poco de aparecer en librerías. Que flote hasta llegar a las manos de quien deba llegar.

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