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Viernes , 20.07.2018 / 11:53 Hoy

Elitismo para todos

Luna de sangre

Fernando Solana Olivares

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Karl Kraus, ese gran escritor vienés, escribió en uno de sus memorables y lapidarios aforismos que "aparentar tiene más letras que ser". Sabemos, desde los griegos, que el concepto más antiguo y difundido de Verdad concibe a ésta como una correspondencia exacta o una relación precisa. Por ello el Cratilo platónico define el discurso verdadero como aquel que dice las cosas como son, y al discurso falso como ese que dice las cosas como no son. En palabras de Aristóteles: "Negar lo que es y afirmar lo que no es, es lo falso, en tanto que afirmar lo que es y negar lo que no es, es lo verdadero".

Esta lógica antes fundacional e irrefutable ya no se considera así. Ahora la verdad consiste sobre todo en aquello que se afirma que es verdad. Y su repetición mediática y publicitaria, su sobresocialización incesante —la delirante estrategia hegemónica de la modernidad que parodia Lewis Carroll en Alicia cuando la Reina afirma: "Ya te lo dije tres veces, entonces es verdad"— construye la noción compartida (o impuesta, para ser precisos) de lo que se debe considerar como tal.

Desde aquella perspectiva originaria ("la Verdad es la conformidad entre el entendimiento y las cosas", decía Santo Tomás), el prescindible y gratuito discurso del presidente Enrique Peña Nieto en las Naciones Unidas es evidentemente falso, cuenta mentiras o supuestas verdades que no son tales y omite abordar las urgencias del momento, los asuntos cardinales de esta hora sombría. Mientras el país vive una crisis extrema y quizá terminal de los derechos humanos —de la cual, por desgracia, los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos son un atroz episodio más—, Peña Nieto describe un país que no existe y habla de un régimen responsable y solidario que solo está presente en su dudoso decir.

¿Por qué miente el presidente? ¿Sabe que lo hace y su no persuasiva retórica obedece al mero pragmatismo político? ¿O de plano ha perdido irremediablemente el principio de realidad, una afectación propia de quienes perciben las cosas solamente a partir de la perspectiva sesgada y parcial de sus propios intereses? Los lingüistas distinguen entre el enunciado (el "yo digo") y la enunciación (el "yo digo que yo digo"), para establecer la verdadera naturaleza de cualquier discurso, cuyo sentido cabal no está tanto en lo dicho como en aquel que lo dice.

Así entonces, cuando Peña Nieto se refiere en la ONU al populismo —un término intencionalmente denostado por el neoliberalismo salvaje y sus mecanismos de control ideológico al desmantelarse el Estado benefactor keynesiano— y denuncia a aquellos individuos que "carentes de entendimiento, responsabilidad y sentido ético optaron por dividir a sus poblaciones [...] quienes se aprovechan de sus miedos, ante los que siembran odio y rencor, con el único fin de cumplir agendas políticas y satisfacer ambiciones personales", es patente que sin querer habla de sí mismo y de la decadente y facciosa clase política a la que pertenece.

¿Cuánto entendimiento hay en un régimen y su presidente que van de tumbo en tumbo ante su delicada y tan mal cumplida tarea? ¿Cuánta responsabilidad existe en un proyecto político esencialmente basado en mantener el poder por el poder? ¿Cuánto sentido ético hay en un régimen corroído por la corrupción sistemática y la impunidad crónica, orgánicamente incapaz del más mínimo atisbo de autocrítica, de reflexión inteligente, y que deja pasar cualquier incumplimiento e ineficacia de sus integrantes, los cuales nunca renuncian por más escandalosos y venales yerros que cometan ni son llamados a cuentas
sus procuradores mentirosos y cansados, sus ejércitos y policías criminales, sus secretarios de Estado demagogos e inútiles? ¿No están todos en el ejercicio del poder con el único fin de cumplir agendas políticas y satisfacer ambiciones personales?

Tal es la mediocre y pequeña dimensión presidencial: nadie da lo que no tiene. No importa que el país se le vaya deshaciendo entre las manos como patéticamente está ocurriendo, no importa que la violencia y la inseguridad escalen hasta niveles insólitos, no importa que la miseria nacional se profundice y crezca sin pausas y con prisa exponencial. A Peña Nieto solo le importa frenar desde ahora a López Obrador. Es el empeño de las oligarquías cleptocráticas neoliberales que gobiernan. La mentira tiene más letras que la verdad.


fmsolana@yahoo.com.mx

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