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Miércoles , 19.09.2018 / 14:02 Hoy

Elitismo para todos

Instantáneas en Rulfo

Fernando Solana Olivares

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Para Laura,
por aquellos miércoles luminosos

No pensé en las palabras de Goethe cuando lo vi: “Él ha aprendido, él puede enseñarnos”. Apenas ahora, tantos años después, aquellas palabras sobreviven al tiempo y la memoria las acomoda en el presente del pasado. La suya en todo caso era una enseñanza zen. Imperturbable en la lectura del aprendiz, Rulfo dosificaba sus intervenciones. Usaba frases cortas, sus gestos eran escuetos. No necesitaba hacer más. Lo cubría una poderosa aura literaria hecha solo con dos libros esenciales, como la de Homero.

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El silencio surgía a su alrededor, escribió Stefan Zweig al retratar a Rilke, poeta cercano a Rulfo y similar a él. Si en uno aquel pasar inadvertido ante los demás era el secreto más íntimo de su ser, lo mismo podría decirse del otro. Escuchaba con atención y hablaba con naturalidad, sin enfatizar las palabras. En una entrevista de 1981 explicó que no podía escribir con base en personajes ni en situaciones reales. Que no se le daba la posibilidad de buscar testimonios, como hacían otros. Definió entonces a Pedro Páramo como algo “exactamente irracional”, intuitivo, producto puro de su imaginación, que adquirió vida propia cuando logró separarse de su autor y hacerse lenguaje.

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Rulfo desdeñó aquella escritura preocupada solo por la forma, la palabra por la palabra, a la que no importa la historia que cuentan los personajes. La moda de la novela objetivista francesa, de El mirón de Robbe Grillet, influyó en una literatura antes que urbana personalista, intimista, del sí mismo expresivo, quien no describe ni siquiera el edificio donde vive. Los conflictos personales del escritor “no absorben terreno suficiente como para crear una literatura”. Ese intimismo impidió que se produjera la novela necesaria al 68, el hito literario requerido. La insatisfacción es la que lanza al escritor hacia algo. Y la generación del 68 estaba dolida antes que insatisfecha.

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Rulfo definió todo esto como una colonización cultural latinoamericana incomprensible. Ahora existe un libro pequeño y muchos otros sobre ese libro, que lo estudian desde el punto de vista semántico, de las conjunciones, de la puntuación, ironizó. Con su obra le había ocurrido: entrar a una feria del libro y ver sesudas publicaciones analíticas sobre ella, en proporción entonces de cien a uno. Juan José Arreola, quien lo contaría después, abandonó el lugar acompañándolo. Toda frase debía estar encadenada a una historia. Creo en
la historia, afirmó Rulfo: no puede hacerse literatura sin historia. Toda historia es un contexto, una suma de variables que el maestro explicó así: primero imaginar al personaje, luego gestar sus características, después saber cómo va a expresarse. “Cuando todo esto haya concluido y no existan contraindicaciones, lo ubico en una determinada región… y lo dejo en libertad”. A continuación, lo sigue. Por ello Rulfo considera al lector un recreador, un coautor del texto que hace lo mismo con el personaje: seguirlo.

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La nostalgia es la añoranza por aquello que ya fue. La reclamación al tiempo que no cesa está en el deseo de Fausto: “Detente, instante, eres tan hermoso”. El instante se desvanecerá, pero el recuerdo conservará en la memoria sus imágenes. Cada vez que ese recuerdo se vuelva a poner en la escena mental se verá modificado. Esa modificación puede ser la razón de la melancolía. Juan Rulfo era un hombre melancólico. Fue hace mucho tiempo durante un año en sesión de todos los miércoles por la tarde. La ciudad aún no era el infierno en el que se convertiría y el Centro Mexicano de Escritores incubaba cualquier condición: promesas, ambiciones, fracasos, alcances y derrotas. Milagros literarios, revelaciones al por menor. De ahí que Rilke, el poeta querido de Rulfo, no hablara de victorias sino de sobreponerse, diciendo que eso era todo.

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Estas líneas son escritas en un momento en el que el país parece sufrir el mismo desmoronamiento del montón de piedras después del golpe seco que da Pedro Páramo contra la tierra. Lo no testimonial, la imaginación que va más allá de las divagaciones del autor, que lo silencia para evitar intromisiones opinativas en lo contado, le otorga a Rulfo un lenguaje permanente y universal. Su lectura hace alcanzar ciertos superpoderes.

fmsolana@yahoo.com.mx

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