• Regístrate
Estás leyendo: Etiología de la violencia
Comparte esta noticia
Lunes , 22.10.2018 / 20:18 Hoy

Elitismo para todos

Etiología de la violencia

Fernando Solana Olivares

Publicidad
Publicidad

La violencia, afirma la filosofía, es una acción contraria al orden o a la disposición de la naturaleza. Aristóteles distinguió un movimiento según naturaleza y otro por violencia. El primero lleva las cosas al lugar que les corresponde, el segundo las aleja de ese lugar.

El lenguaje dice que la violencia se sufre o se comete. Así indica su condición externa, artificial, alterante. ¿Dónde se origina la violencia crónica de nuestra época, y antes, de nuestra civilización? Eduardo Subirats afirma que ese origen está en sus mismas premisas teológicas, epistemológicas y políticas básicas.

Lo ejemplifica: es violenta la separación radical entre sujeto y objeto que el proyecto científico occidental impone; lo es la cruenta uniformización cristiana del único dios, y también el origen mítico y la estructura psicológica del orden patriarcal.

La violencia es congénita al capitalismo y forma parte básica de su pedagogía social. El horror económico del consumo desenfrenado, la desigualdad insalvable que le es propia, la sociedad en estado de emergencia, atemorizada, sometida a epidemias de terror urbano, convencida por propaganda blanca, gris o negra sobre el estado de las cosas, eso y más son violencias estructurales propias de esta civilización.

Sin embargo, diversos estudios han desvinculado de la pobreza la violencia producto de la inseguridad, una tesis demasiado lineal y reductiva que no explica ni la densidad ni las causas del fenómeno, como lo documenta Jan Martínez Ahrens (El País, 4 de diciembre de 2016). Ejemplo de ello es América Latina, que a pesar de haber tenido en la década pasada uno de los más grandes desarrollos económicos de su historia, un descenso sostenido del desempleo y 70 millones de habitantes que salieron de la pobreza, ahora presenta “tasas delirantes” de robos, homicidios y delitos de todo tipo.

No hay tampoco una relación directa entre pobreza y crimen: Bolivia y Paraguay registran los menores índices de homicidios, pero Honduras y El Salvador, con los mismos indicadores socioeconómicos que los otros países, presentan las cifras más altas en muertes dolosas de la región y del mundo.

Los estudios al respecto advierten “la importancia cardinal del crecimiento de la sociedad de consumo” para explicar el crecimiento de la violencia asociada con el delito. Se forman inmensos mercados ilegales sostenidos por las demandas de bienes múltiples que responden a la mejoría de ingresos de las clases medias bajas, y surgen nuevas tipologías como el “delito aspiracional”: las ansias de consumo que se han disparado sin los medios para satisfacerlas.

Quienes delinquen, señala un informe de Naciones Unidas, no son necesariamente los que están en la pobreza, sino aquellos que tienen la aspiración de cumplir expectativas sociales de consumo sobresocializadas sin descanso por los medios masivos de comunicación. Ideales exacerbados hasta la parodia por el narcotráfico y la criminalidad.

La insatisfacción social y la falta de expectativas del 38 por ciento de latinoamericanos —el grupo mayoritario llamado “vulnerable”, que tiene empleos de escasa calidad, está expuesto a la informalidad económica, vive precariamente en una urbanización asfixiante y hostil con pésimos servicios públicos y mínima movilidad de sus habitantes— son los territorios donde hierve, explica Martínez Ahrens, el caldero de la violencia, un “mundo sin memoria de mejoras y de derrotas por doquier”.

La violencia sale de barrios con 70 por ciento de desempleo juvenil, que son los que más presos aportan a las cárceles de Ciudad de México, colonias en las que el narco sirve como empleador y el crimen ofrece ascenso social. Administrada por el Estado a través de sus cuerpos policiacos, la violencia es una atmósfera hoy permanente después de 2 mil años de una teología cristiana que la convirtió en civilización.

La calma y la contemplación representan antídotos de la violencia. Aquel delito aspiracional tan disruptivo está causado por lo que el budismo llama avidez o deseo, y considera ser el origen del sufrimiento humano. Otro antídoto es el consejo mixe de la reducción drástica de la necesidad como forma de la riqueza. La satisfacción sociológica de las necesidades públicas y los buenos empleos reducen el crimen y la violencia. Sin embargo, al neoliberalismo le interesa que esa crispación social no termine: la requiere para predominar.

fmsolana@yahoo.com.mx

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.