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Elitismo para todos

Estampas de una elección

Fernando Solana Olivares

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Los signos augurales. Domingo 1 de julio. 7:50 am. Hoy habrá un estado de gracia electoral en el país. Será así porque está comenzando a serlo y ninguna señal conspicua lo advierte. La fresca y luminosa mañana es igual a tantas de los lluviosos veranos. Unos pocos votantes madrugadores están esperando la lenta instalación de la casilla electoral a cargo de un joven y poco diestro equipo, preparado apenas un día antes por el INE. Las quejas suben de tono después de una hora de retraso y al fin la casilla abre sus puertas con una cola de impacientes ciudadanos detrás. El primer requisito del estado de gracia electoral comienza a cumplirse: la participación. Convencimientos individuales que se hacen colectivos.

Unos días antes. Los poetas creen que delante de nosotros surgen imágenes del futuro y mensajeros de ellas. Son como los oráculos y plantean el mismo problema: siempre se entienden después, cuando suceden. Pero la joven universitaria que aborda al maestro, quien el día de ayer razonó su voto por Andrés Manuel López Obrador en un debate público, y lo felicita por ello con entusiasmo encantador, o la candidata de 18 años a la presidencia municipal por Morena, angelical y sonriente, que acabará consiguiendo un 6 por ciento de la votación, anuncian una fusión inesperada entre los votantes más jóvenes y el candidato más viejo. A contracorriente de la juvenilia predicada por el sistema de consumo global, contradiciendo el valor comercial asignado a la juventud por ella misma, los votantes más jóvenes comprenden el verdadero dilema moral: lo nuevo en apariencia solo es una repetición de lo viejo.

Los sentenciosos. Domingo 1 de julio. 9:00 pm. “Benditas redes”, dirá luego López Obrador en su discurso de victoria ante un Zócalo colmado de gente. Ganó en votos porque también triunfó en las redes. Las sentenciosas opiniones, sin embargo, de melifluos y encumbrados comentaristas televisivos —algunos de ellos antes interlocutores que ahora se volvieron locutores— siguen siéndole adversas. En su catálogo de lugares comunes aplicados a López Obrador, hablan de modales políticos y corrección del lenguaje. Se comportan como custodios de la moral pública. Pero nunca realizaron esa misma tarea en la otra dirección ni condenaron los violentos epítetos proferidos contra él y sus seguidores. Seguirá siendo un socorrido recurso criticar duramente a López Obrador, quien ahora no podrá, no deberá contestar. Así, el momento político actual tendrá características que también tuvo el maderismo: una prensa cuya “objetividad” será estar despiadadamente en contra bajo el amparo de una coartada crítica y liberal.

El comportamiento de Los Pinos. Salvo prueba en contrario, la conducta del presidente Enrique Peña Nieto fue suficientemente imparcial durante las votaciones. Aun si hubiera sido debido a un cálculo pragmático ante el volumen del voto a favor de Morena y los costos de un eventual fraude electoral, a su comportamiento debe acreditársele este momento histórico de un cambio de régimen, cuando los partidos tradicionales han sido barridos por un partido político fundado hace apenas cuatro años. También a la democrática e inesperada conducta de los candidatos perdedores, reconociendo de inmediato y sin regateos los avasalladores resultados. Una concordia inesperada, catártica, tomó de pronto lugar en la escena política que apenas ayer era un crispado estercolero. El estado de gracia otorgado a López Obrador durará un tiempo, luego vendrá un estado de indulgencia y, por el bien de todos, esperemos que después no sobrevenga un estado de decepción. Los desgastes políticos en estos tiempos son veloces.

Lo que bien empieza. Un cambio profundo se manifestó hasta ahora de una tersa manera. Si la forma en política es fondo, como suele decirse, esta serenidad tal vez preludie otras posibilidades, que en gran medida lo serán porque no provienen ya de aquellos aparatos partidarios, dos de ellos seriamente debilitados y uno en proceso de desaparición, sino de un movimiento popular democrático que por primera vez llega al poder y obtiene mayorías parlamentarias. El capital político que esta elección otorgó a Andrés Manuel López Obrador representa una fuerza considerable que, bien empleada, atendiendo problemas esenciales del país, actuando de una manera moralmente diferente, con un talante democrático, puede sentar las bases de aquella transformación de la que él viene hablando para cumplir lo que ha ofrecido: pasar a la historia como un buen presidente. Algo distinto empezó.

fmsolana@yahoo.com.mx

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