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Elitismo para todos

El olvido de Montherlant

Fernando Solana Olivares

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El 21 de septiembre de 1972, día del equinoccio de otoño, cuando la tercera puerta del año se abre para iniciar un nuevo ciclo cósmico, cometió suicidio el escritor francés Henry de Montherlant. Llevaba puesta en el rostro una máscara de general romano, según afirma la leyenda biográfica tejida a su alrededor.

La lectura es la última de las magias interiores que le quedan al individuo en estos días. Y los libros, sus instrumentos, son una zona de poder que multiplica a quienes los leen porque los lleva al conocimiento de sí mismos y de las cosas, de las circunstancias del mundo, de los asuntos de las gentes. Ello se logra a través de los personajes literarios construidos por cada lector. Las imágenes visuales no permiten hacer esto. Lo que se mira es vicario, externo a la conciencia. Lo que se lee e imagina siempre ocurre en su interior.

A veces son los libros y los autores quienes escogen a su lector. La misma tarde del 21 de septiembre en Ciudad de México, mientras Montherlant realizaba uno más de sus grandes gestos, ese morir por mano propia y en total control ceremonial, su novela Adolescentes era descubierta por un joven lector en la benemérita Librería de Cristal de la avenida Álvaro Obregón.

La elección resultaría determinante y a partir de entonces se abismaría en ese artífice distinto e inesperado. O sería poseído por él, un escritor no clasificable. La crítica afirma que Montherlant es un hombre del Renacimiento o de la Antigüedad extraviado en el siglo XX. Anacrónico, fuera del tiempo, de los modos literarios, de la moral predominante, de la política en boga, de las costumbres de las masas. Aristocrático, antigregario y remoto.

Mientras vigorosas y populares corrientes literarias como el surrealismo buscaban nuevos caminos en la expresión formal del lenguaje, el escritor de obras maestras como El caos y la noche “se resguarda”, dice un estudioso, con los autores romanos. En ellos este solitario aprende las situaciones límite de los conflictos, la confianza en el lenguaje concreto y un sentido trágico de la existencia cercana a lo heroico.

Aprende sobre el mito, los símbolos y el cuerpo, el cual, siguiendo a Nietzsche, también considera esencial. Pero el escritor francés hace del cuerpo en plenitud y su belleza una religión, un culto pagano a la acción, el esfuerzo, el deporte y la audacia. En Las Olímpicas, su libro más querido, reitera una vez más la sentencia arcaica: no se puede conocer la naturaleza del cuerpo, sin conocer al mismo tiempo la naturaleza humana. “Todo eso —escribe— lo podías haber dicho en escasísimas palabras: ‘necesito moverme’”.

Montherlant asumió el trabajo de escritor como un destino personal, una disciplina de vida para cultivar el espíritu y el dominio de sí. No fue parte de ninguna vanguardia o cenáculo literario, tampoco buscó la fama —aunque la alcanzó— ni los lectores —que los tuvo—. Su oficio literario sería concebido para afrontar esta existencia “como la proa de un barco”. Enfáticamente le dijo a un entrevistador que en su escritura no había retórica sino solamente su carne, sus testículos, su vida, todo lo que era.

Autodenominado como un autor nihilista que ha escrito dramas profundamente cristianos, en sus Carnets, un texto confesional ejemplar y deslumbrante, dejó anotaciones así: “Montherlant no cree en Dios, pero me parece que Dios, después de escribir esas obras, sí debería creer en Montherlant”. Sin duda, Dios lo hizo.

Sus temas literarios, sus intereses vitales, su indiferencia ante los tópicos socialmente obligados, su prosa intemporal aprendida en libros arcaicos, fueron entendidos por la crítica ideológicamente comprometida como propios de una estética fascista. Una reprobación organizada se extendió sobre Montherlant. La homosexualidad y una misoginia literaria aparente contribuyeron a ese rechazo.

Algo parecido le advirtió un escritor mayor al joven elegido por Montherlant aquel día de su desprendimiento hacia la nada. Lo mismo que promulgarían los comisarios de la izquierda literaria sobre Borges: antidemocráticos los dos, para descalificarlos como autores. Quien lo afirmaba parecía creer que la literatura se divide en aquella que la época juzga como políticamente correcta y la que no lo es. Al repetir tal lugar común mostraba ignorancia de que solo hay buena o mala literatura.

Lo de Montherlant es mucho más complejo que un juicio reduccionista. La irrupción de la técnica y el dominio de la energía mecanizada, la impersonalidad del siglo XX, el materialismo, no trajeron consigo un sistema de valores o una ética que no corrompiera al ser humano. Su obra hizo circular una poderosa resistencia ante la deshumanización del individuo, la conversión en cosa, el infantilismo inducido por una moral para los débiles.

Montherlant asumió la vida como una prueba que debía enfrentarse con fuerza y valor, aun creyendo, como adujo, que después seguirá la nada. En La posesión de sí mismo, un breviario ético escrito para muy pocos, propuso la piedra de toque de su concepción: poseerse a uno mismo, alcanzar la virtud del temple, aquella única necesaria para vivir.

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