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Miércoles , 20.06.2018 / 15:10 Hoy

Elitismo para todos

El Nobel para Orfeo

Fernando Solana Olivares

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1. “Príncipe Hamlet está en alguna parte del tótem, tararea una cancioncilla muy llana”. Así comienza el final de Tarántula, texto literario escrito por Dylan a los veintitrés años en su característica prosa automática o flujo de conciencia, una técnica llena de imágenes en sucesión donde las voces narrativas y los tiempos verbales cambian: su editor dijo que al libro se referían en la editorial como eso, un género dylanesco.

2. El navío Argos ha sido empujado por un viento rápido y se aproxima a la isla de las Sirenas, cuenta Pascal Quignard. Desde ella se eleva una voz maravillosa. Entonces Orfeo sube al puente del navío y tañe con su lira de nueve cuerdas un contra-canto extremadamente rápido para rechazar esa llamada. La tripulación resiste la fascinación del canto. Butes no. Deja su banco y salta al mar: “Nada a través de las olas que hierven”. Bob Dylan es Orfeo, Bob Dylan es Butes: poliédrico, proteico, camaleón.

3. La música de rock tiene sus orígenes en el blues, que radica los suyos en el vudú. Una de las imágenes más significativas del vudú es la de las encrucijadas, puertas que dan acceso a espacios fronterizos, rajas entre los mundos, zonas de fuerza mayor. Como ese concierto anticlimático de su gira interminable en la Ciudad de México. Bob Dylan fue teloneado por Los Lobos y salió al escenario con pinta de Mercurio el de Shakespeare, pero también con la distante calma del dios griego ahora vestido de vaquero juglar. Disfrazó sus canciones clásicas, rehízo las melodías y magnetizó a la audiencia sin hacer más concesión que esa: ninguna concesión. El hechicero condujo por su propia ceremonia y durante dos horas una experiencia de posesión, hubo un ritmo ácido y una voz gangosa, metálica, a veces de lija, un contra-canto chamánico interpretado en rock.

4. Ya no era solamente Fausto —aunque conservaba la energía obsesiva y la pulsión irrefrenable hacia los experimentos— sino algo más erudito y sofisticado, afín a Rimbaud y Baudelaire, que avanzaría hacia una u otra forma de síntesis hermética amalgamando diversos géneros como el rock y la “música mágica” de la tradición folk. “A Hard Rain’s a-gonna Fall” combinaría un encantamiento rítmico hipnótico más una imaginería surrealista de carácter intelectual destinada a la conciencia lúcida, a la percepción cognitiva: solo relaciona. El monólogo interior de James Joyce en la lírica de Bob Dylan.

5. De entre sus transformaciones, la conversión de Dylan al cristianismo renacido representó la más incomprendida. John Lennon parodió su excelsa canción “Gotta Serve Somebody”, y hasta hoy ese momento muchos lo reprueban. Como siempre lo haría compuso música inolvidable. Los críticos dijeron que ni la edad ni la conversión alteraron su temperamento “esencialmente iconoclasta”. Quizá el áspero juglar quiso saber qué significaba la cesión de la libertad existencial ante las certezas acríticas de la revelación, e incurrió en el mal gusto, él, quien está más allá del gusto, de arengar en favor de una causa metafísica luego de haber rechazado, años atrás, militar en una causa política liberal y de izquierda. Las excentricidades de Orfeo.

6. Las cadenas de imágenes intermitentes que Allen Ginsberg ve en el estilo de Dylan provienen de Jack Kerouac y su escritura beat, golpeada, impresionista, leve y rápida, la cual transcurre entre un fluido de sensaciones e ideas del personaje literario. Los muchos autores que nutrieron a Dylan —un libro sale de otros libros y un autor sale de otros autores— son la cadena de vínculos y pertenencias culturales que lo definen. Este es un rapsoda, un cantor como los del origen griego cuando los aedos acudían ante la gente para hacerle escuchar el sortilegio épico de los mitos y llevarla a otro lugar.

7. Lo demás es lo de menos, aunque podría ser parcialmente cierto: si Dylan necesita el Nobel o no, si dárselo es abaratarlo, si otros más merecedores que él se quedaron en el camino. Sus canciones conmovieron la conciencia de la época y la mentalidad de la contracultura, así la sociedad del espectáculo parezca haber enajenado irremediablemente la música popular. La Academia sueca nombró a Homero como ilustre antepasado de la obra de Dylan. Su versatilidad mercurial le habría recordado al griego la sagacidad de Ulises Mañero, su mutación ante las circunstancias, su adaptabilidad creativa.

Todo habrá sido entonces una profecía: los tiempos están cambiando y Orfeo vendrá a cerrar el ciclo de las formas y los ritmos. Las épocas concluyen, los genios no.

fmsolana@yahoo.com.mx

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