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Domingo , 21.10.2018 / 01:17 Hoy

Elitismo para todos

El Logos destruido /y II

Fernando Solana Olivares

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Afirmar que Donald Trump es, sobre todo, un candidato antisistema, como en esta veloz posmodernidad han proliferado, tal vez sea una reducción pues es cierto, sí, pero a medias. Producto de una o varias causas, de una en varias, acomodadas como se quiera en el enigmático rompecabezas que comenzará de aquí a cien días más, en noviembre (lo enigmático, por cierto, contiene el término oscuridad).

Si quiere extenderse el arco analítico, quizá deba pensarse que la separación entre la razón y el cuerpo, en el “yo pienso, luego existo” cartesiano, comenzó hace más de dos mil años con el pensamiento griego. El cuerpo se convirtió en la cárcel del alma, no en su templo, por desgracia. Entendemos el término “Logos” como razón superior, unificada, donde está el lenguaje, la mente y la conciencia. Algunos han creído que sucede como un advenimiento, otros se decantan por la hipótesis cultural como causa de que exista. Decir “en el principio era el Verbo” es decir que era el Logos.

Sus defectos han sido muchos: el Logos perdió su letra mayúscula y fue degradándose como pura razón, pues era masculino, patrístico, jerárquico, excluyente, autoritario, egoico y vertical. Era cazador, no era recolector. El logos perturbado por una distancia insalvable entre el sujeto y el objeto. Por una cultura de la manipulación y no de la comprensión participante. La crisis como decadencia profunda de la conciencia masculina racionalista que determinó el pensamiento de los últimos milenios. Cada vez es más claro que eso terminó. Falta imaginar, ver, vivir el reemplazo y hacerlo una nueva cultura global.

Arnold Toynbee escribió que en la fase de declive de una civilización es cuando suena con mayor estruendo el tambor de la autocomplacencia. Sin embargo, la autocomplacencia de Trump es para consigo mismo, no para un país que describe en decadencia, y promete a sus audiencias que ese don carismático suyo puede impregnarse a la nación para reconducirla a su grandeza. Un autócrata mesiánico y mediáticamente histérico surgido de la nada (o del todo, para quienes admiren a las plutocracias depredadoras), violentador de los códigos tácitos y expresos de la política, la representación y las buenas maneras, cumpliéndose un guión que la historia del siglo sobradamente conoce entre sangrientos y destructivos dictadores. Aparecen de la nada y se apoderan de todo.

Quizá, en una delirante y agresiva presidencia trumpiana, las instituciones estadunidenses lograrían frenarlo. Su narrativa misma, sin embargo, puede significar más que la destrucción de los mínimos e inestables equilibrios de una época turbulenta, tocando no solamente el tambor de la autocomplacencia sino los de la guerra.

Quienes han hablado de ella —Francisco, Enrique Krauze— tienen razón. Vivimos (o viviremos, afirma Krauze) una guerra. Byung-Chul Han cita (En el enjambre) un “sorprendente” artículo de Chris Anderson en la revista Wired: “El final de la teoría”.

En él afirma que un conjunto de datos cuya magnitud es imposible de representar harían por completo superfluos los modelos de teoría de la conducta humana, desde la lingüística hasta la sociología, la ontología, la psicología. No interesa ya saber por qué los seres humanos hacen lo que hacen: lo hacen y eso puede medirse con exactitud. La correlación suplanta la causalidad, ahora no importa el por qué ante el es así, escribe Byung-Chul.

Esta tendencia también se instala en la política. El número de mentiras flagrantes, estadísticas falsas, medias verdades y simplificaciones de Trump en sus discursos, su es así, llama la atención por su evidencia empírica y sus cifras y resultados, justo los contrarios a los que toda racionalidad esperara. El Mundo Trump radicalizó un voluntarismo: las evidencias no existen, pues la nube está hecha de percepciones, sentimientos, reducciones lógicas. La mecánica del chivo expiatorio, una semiótica del odio, del regreso a las imaginarias fronteras puras —el muro fronterizo es parte de esta infeliz aislación— se abre paso para arrebatar el trono imperial. Y la otra candidata algo tiene de patético: encarna al establishment.

Los paradigmas conceptuales de la época han colapsado. En un ejercicio de proporción Berman habla de la persona para estos días: ciudadanos informados del mundo, con salud física y refinamiento intelectual y artístico, seres generosos y caritativos: lo que no se da se pierde. Si esto se convierte en política el mundo cambiará. Si no, ganará Trump.

fmsolana@yahoo.com.mx

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