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Jueves , 13.12.2018 / 01:14 Hoy

Elitismo para todos

El comienzo de qué

Fernando Solana Olivares

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La puerta y la llave. El punto final a la corrupción del pasado que propone López Obrador en la tribuna, su espacio más natural, es parte de una estrategia que roza lo brillante. Ofrece lo menos, que puede confundirse con lo más, en el ánimo de alcanzar lo más, cuestión que para muchos parece representar lo menos.

La mañana ha sido vertiginosamente masiva: a la salida de su casa la gente lo rodea, lo manosea, no lo deja avanzar, confirmando aquella teoría histórica del cuerpo del dirigente, que siendo temporal y humano representa también un vínculo con lo institucional y eterno. Suceden a lo largo del trayecto tocamientos performativos del orden de “él te toca, Dios te cura”. Va a bordo de su modesto Jetta blanco, un elemento más de su franciscano carisma.

Ahora está dirigiendo su primer mensaje a la nación y ya puso toda la representación simbólica de cabeza. Los Pinos abren sus puertas al público, las estancias íntimas del poder quedan sometidas al escrutinio plebeyo. Un acontecimiento que sólo ocurre cuando un régimen queda abolido: exponer ante la mirada de todos las entrañas del animal político muerto.

Parece haber una taumaturgia en lo que hace: des-simbolizar, deconstruir, cambiar el eje de significación de las cosas. Es cortés con el presidente saliente a quien menciona deferentemente al comenzar su discurso. Le reconoce su no intervención electoral. En seguida enjuicia crudamente y sin contemplaciones los treinta años de neoliberalismo depredador y corrupto que con él concluyen.

El territorio de lo posible (pasado más presente viendo al futuro) sigue determinando la política. Aún con el viraje que ha tenido que dar López Obrador ante el ejército mexicano, los cadetes que detrás de él ahora lo representan son distintos e intencionales. Como si el ejército de estos tres jóvenes agraciados y gallardos fuera diferente al de apenas ayer. Otro eco
intencional del maderismo que imbuye al presidente en su toma de posesión y un signo más de su esclarecida habilidad político-escénica.

La sociedad es el resultado de un proceso de desarrollo, el producto de ello, y no una estructura mecánica que pueda diseñarse desde la frialdad y la distancia teórica. Tecnócratas y neoliberales están convencidos de esto último. Pero López Obrador cree en el proceso social, una fuente de legitimidad que él emplea con la seriedad de un hombre de poder. Acaso con la certeza de la experiencia alcanzada y del esfuerzo concluido que una vez más, paradójicamente, apenas empieza.

Como si fuera un Ulises viejo y asendereado que se dirige a la nación, un Ulises mañero —según lo designa el epíteto clásico— llegando por fin, luego de obstáculos que se creyeron fatales, a una Ítaca perseguida a lo largo de doce años. El giro de ciento ochenta grados que este hombre trata de construir semeja una suma de cuentas largas y cortas, de cambios coyunturales y estructurales que para muchos representan un regreso al pasado.

La historia enseña que las evocaciones al tiempo anterior no son para traerlo de vuelta, cosa imposible en sí. Corresponden más bien a la lógica de las mareas que van y vienen, de los asuntos sociales vueltos
invisibles por los discursos dominantes, pero vivos y actuantes en una psique colectiva que para materializarlos requiere un catalizador: las intenciones que concuerdan con el pasado de una sociedad tienen capacidad para moldear su futuro.

De San Lázaro, donde la idea-fuerza de la corrupción es el vértice de su persuasiva retórica, aquel tropo tan eficaz y sintético que ha ido construyendo un sentido común político de identificación masiva, caminando por un largo pasillo atiborrado de gente a los lados que repite la liturgia ritual de tocarlo, ahora López Obrador ingresa al Zócalo desde Palacio Nacional, el sitio de poder republicano restaurado hace unas horas, hasta el ungimiento que un México profundo, entre guelagétzico e indígena, le brindará.

Si algunos ritos están vacíos de virtud, esta ceremonia, en un día de abrumadoras diferencias, parece pertenecer a otra cosa. Horas atrás eran las superestructuras formales quienes se mostraban. Aquí, en cambio, está aquella sociedad que el neoliberalismo quiso convertir en aislados individuos. El rito tiene esta vez un sentido etimológico: acción correcta. La consagración política se realiza y López Obrador se hinca ante quien hincado y casi llorando le entrega un bastón de mando aparentemente indígena. Si no era auténtico, ahí se autentifica.

El cromático telón huichol, la pintoresca variedad mexicana sobre el escenario, un López Obrador transfigurado entrando a un portal de tiempo, el humo de copal purificador y disolvente de los volúmenes, la plasticidad móvil de hombres y mujeres en vestimentas étnicas, su gestualidad espontánea, la monótona lectura de cien compromisos oportunos/inoportunos. Deconstrucción, des-simbolización.

Ninguna conciencia humana puede conocer el futuro. Aunque a veces surgen la puerta y la llave. Ciertos atisbos de lo que vendrá. Como aquí, cuando los volcanes llenos de nieve en el valle luminoso acreditan una tarde inesperada donde comienza qué.

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