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Domingo , 21.10.2018 / 01:36 Hoy

Elitismo para todos

El arte banal

Fernando Solana Olivares

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La transformación de un puñado de cenizas del arquitecto Luis Barragán en un diamante, el supuesto motivo estético para hacerlo, así como la racionalización de críticos y curadores al exponerlo y justificarlo, muestra con toda desnudez la inanidad de gran parte del
arte contemporáneo de la sociedad del espectáculo de nuestros días, su radical prescindibilidad.

Representa la profanación de los restos de un muerto inolvidable, una acción prohibida por su propia religión y la cual él mismo nunca habría considerado. Quien conozca las conventuales construcciones de este arquitecto mexicano solar y luminoso, austero espiritualmente, ascético, quien haya mirado sus cuerpos significantes llenos de agua franciscana, entenderá la gran distancia entre el artista, su obra y la oportunista y comercial exposición de Jill Magid.

Algo está podrido en el arte contemporáneo. Su sistema de representación, su temática, su intención, su función imaginaria, su mercado, la designación de sus objetos, sus definiciones. Culturalmente parece haber desembocado en un callejón sin salida. Es nihilista: propone nadas. Es narcisista: se mira a sí mismo. Es arbitrario: no tiene un para qué.

Ahora suele creerse que todo significado depende del contexto, del conjunto de circunstancias que rodean un hecho, y que los contextos son ilimitados. Por eso es tan difícil determinar el significado de la obra de arte, en qué consiste, dónde está, cuándo se produce. Y cuando no está.

Hoy que todo es un asunto de opinión, el arte y la crítica han descendido a un abismo conceptual donde el nihilismo, en palabras de Ken Wilber, concluye que no existe ningún tipo de significado verdadero, sino solo interpretaciones personales. Manifestaciones caóticas que se asientan en el capricho y el narcisismo.

Sin embargo, el arte verdadero existe. Uno mira La ronda nocturna de Rembrandt en su original y percibe una tercera dimensión casi física en una mano pintada en el centro del cuadro. O ve un Basquiat y se perturba por esa pintura infantil-drogo-marginal-urbana. O se abisma en un cuadro que permite eso: la entrega ante lo que se ve, el diálogo entre el objeto artístico y quien lo ve.

Como en todo diálogo, este se establece mediante un sistema de preguntas y respuestas. El que mira debe preguntar a la obra e interpretar lo que ella responda. Una primera condición: la obra debe dejarse preguntar algo. La gratuidad no permite hacerlo, porque es imposible asumir como obra de arte la propuesta de intercambio de este diamante por la propiedad del archivo profesional de Luis Barragán que está en Suiza, según sugiere el curador en jefe del museo universitario responsable de la exposición.

Habrá sido un gesto, un acto, un cálculo, una mera banalidad si no se hubiesen indebidamente profanado los restos de Luis Barragán, pero nunca arte, ni desde el punto de vista de la conciencia estética ni desde la corriente de pensamiento que entiende el arte como una hermenéutica, como una interpretación (“fusión de horizontes”, se le llama) que acrecienta el ser de la persona, un nivel de verdad y sentido que el arte verdadero provee.

Hacemos arte para no morir de realidad, afirmó Nietzsche dos siglos atrás. Ahora se hace lo que dice ser arte por resonancias del mercado, la mercantil fascinación de la época consigo misma, que coloca en galerías de arte la reproducción casi literal de un Oxxo por el consagrado artista plástico Gabriel Orozco. Una muy triste mimesis donde el arte mismo es el sistema masivo de consumo, o la peregrina ocurrencia del trueque de un anillo de diamante por los archivos de un artista.

A nivel masivo se impuso el mercado y su arena mediática. En los reality shows artísticos que se estilan lo que cuenta es el gesto, su “lectura”, su impacto mediático, su viralidad. La tarea resistente ante todo esto, la de siempre, es discernir. Se conocen dos principios que están más allá del contexto: el ornamento es delito (Alfred Loos) y el mal siempre es banal (Hannah Arendt).

Aprender a discernir entonces lo que es infierno y lo que no lo es. Después de identificarlo, debe hacérsele durar y darle espacio. Hacer equivaler el infierno a una situación pretendidamente “artística” puede ser una desproporción. Pero la degradación de la sensibilidad a la que lleva el arte que no es tal resulta tóxica. Posmoderna. Todo lo real es racional, dijo el filósofo. Los tiempos cambian. Ahora no es así.

fmsolana@yahoo.com.mx

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