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Jueves , 13.12.2018 / 23:40 Hoy

Elitismo para todos

Dos dementes, un país

Fernando Solana Olivares

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El autócrata y supremacista Trump, un troll de Twitter aposentado en la Casa Blanca, cuya madurez emocional no alcanza la de un niño colérico de 12 años, dueño de una gran fortuna y una profunda ignorancia gringa, habituado a satisfacer todos sus caprichos y conseguir sus fines cuesten lo que cuesten sin ningún escrúpulo moral. El esperpéntico y limitado chofer de Chávez, Nicolás Maduro, tan demagógico como su mentor y aún más antidemocrático, incapaz de autocrítica alguna o negociación sensata, dispuesto a bañar en sangre su país con tal de no perder su putrefacto y cada vez más frágil poder.

Un diseño imperial de desestabilización geopolítica reconocido desde hace muchos años en documentos y declaraciones que han pasado desapercibidos para la amnesia inducida mediante el lavado de cerebro de las grandes mayorías contemporáneas, pero que puntualmente advierten de los mecanismos destructivos que uno a uno, como si fueran amargas profecías, van sucediéndose sin interrupción.

Afganistán, la guerra de Irak y la caída de Saddam Hussein, antes aliado de Estados Unidos —con el cual, una vez más, tanto el gobierno de entonces como las grandes cadenas televisivas y los “respetables” medios como The New York Times y The Washington Post, paladines de la libertad de expresión ante el autoritarismo informativo del gobierno de Trump, recurrieron a las fake news y a la posverdad tan escandalizantes hoy, para convencer a la opinión pública de la moralidad y justicia de sus fines—. Después seguirían Siria, Libia y a continuación Venezuela, países petroleros que representan piezas sacrificables en el ajedrez nihilista del dominio imperial, integrados por “poblaciones prescindibles” que el horror económico del neoliberalismo ha condenado sin piedad.

La época de turbulencia en la que el mundo entró tras la Segunda Guerra Mundial ha sido fomentada por un imperio desestabilizador y adicto al conflicto, matón a sueldo del mundo y autoproclamado guardián de la democracia, cuya política exterior es la devastación de los países en desarrollo, el saqueo de sus recursos naturales, el derrocamiento de sus proyectos autónomos y liberales, la extinción de la soberanía de sus Estados nacionales, la proliferación de las drogas en ellos, la enajenación mediática y consumista de sus sociedades y la captura política de sus élites. En breve, aquella distopía orwelliana donde la guerra es paz, la libertad es esclavitud y la ignorancia es fuerza.

Siria es un arrasado y brutal territorio de batalla con cientos de miles de muertos y desplazados que ha dado lugar a todo el infierno contemporáneo: la crisis europea de los refugiados, el surgimiento de los populismos nacionalistas de derecha, la salvaje irrupción del Estado Islámico y la proliferación del yihadismo por todo el planeta. A partir de 2003 ese país apareció insistentemente en los discursos oficiales estadunidense y el régimen de al-Assad fue descrito como “peor que el de Hussein”.

Libia, después de la cacería y sodomización del estrambótico y dictatorial líder Kadafi, se ha convertido en el mayor mercado de esclavos del mundo. Irak está irremediablemente balcanizado y la incertidumbre bélica alcanza a la península coreana, crispa a China, amaga a Irán y pone a la expectativa a Rusia. Hoy es Maduro el enemigo designado, el tirano que en nombre de la democracia tutelada por el imperio debe ser depuesto, así sea mediante una intervención militar.

El gobierno proconsular de México, su mediocre y acobardado presidente junto con el vergonzoso aprendiz de canciller que no aprende nada, aquellos que relanzaron la candidatura de Trump, habrán favorecido este escalamiento bélico al convertir el asunto venezolano en una maniobra de distracción doméstica sobre la corrupción imparable, la violación crónica de los derechos humanos y la criminalización creciente del Estado, así como en un mensaje subliminal hasta ahora —después será descarnado y directo— contra la némesis peñanietista que significa López Obrador.

La ominosa presidencia del autócrata requiere una guerra para legitimarse, afianzar su poder y hacer negocios; el complejo militar industrial y financiero que desde mediados del siglo pasado domina al mundo y gobierna Estados Unidos también. Dos dementes y en medio otro país a ser crucificado. Como diría el ensayista Pankaj Mishra, asumamos el pensamiento apocalíptico y démonos cuenta que todo esto nos conduce inexorablemente al final.

fmsolana@yahoo.com.mx

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