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Lunes , 28.05.2018 / 02:39 Hoy

Elitismo para todos

Disfuncionalidades

Fernando Solana Olivares

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Este país existe en diversos planos, en estratos, franjas o burbujas que no se mezclan pero se afectan entre sí. Uno de ellos es como una opereta crepuscular y decadente aunque tiene un nombre más preciso: esperpento. Esta construcción sociopolítica bizarra, destructiva y de doble vínculo que nos implica a todos: clases políticas, oligarquías, tecnocracias, medios de comunicación, instituciones, crimen organizado y sociedad.

Como en la Roma corrupta y degradada, el espectáculo de la putrefacción de los políticos mexicanos resulta patético. Aunque los coros mecánicos del consenso pretendan desviar tales asuntos al terreno de la esfera privada y a la violación de los derechos personales, no hay tal. El poder y la representación demandan un cierto comportamiento, pues la forma y el fondo actúan juntos en política.

Sería ingenuo pretender la vigencia de aquella norma antigua que restringía la conducta de quien había sido dotado de poder, ya que dicha condición lo colocaba en un estado diferente al del ciudadano común, en una circunstancia que le exigía una conducta moral como fuente de la auténtica legitimidad. Pero sería culturalmente correcto postularlo, sobre todo ahora, en nuestra época bizarra, cuando los buenos están encerrados en su incertidumbre y los malos viven henchidos de apasionada intensidad. Y gobernando, además.

En la sociedad confesional y policiaca de estos días las grabaciones clandestinas, aun siendo delito, son habituales. ¿No lo saben los políticos videograbados o la impunidad nacional reinante los dota ya de un cínico cinismo ante lo que de ellos se exhiba? Parece así avanzar sin obstáculo alguno una subcultura disfuncional que admira la conducta negativa y la convierte en ideal. Tan dispuesta a olvidar robos, sobornos, desfalcos, yates, extravagancias, abusos, viajes, putas, apuestas, alcohol, estimulantes, autos, joyas y tanto más, como se muestra capaz de ignorar reformas legales brutalmente nocivas para el interés nacional que significan, conforme afirma la prensa europea independiente, una puesta en venta del país. Esta autoritaria y súbita conclusión de la despiadada etapa neoliberal, que comenzó con De la Madrid, se profundizó con Salinas y se impuso al fin con Peña Nieto.

La ley de analogía es un principio que se considera universal. Tal atraco legislativo, una mezcla de traición, frivolidad y cooptación históricas cuyas consecuencias en el tiempo serán vistas como una fractura del Estado nacional, solo podría haber sido perpetrado por los peores representantes posibles. Los malos legisladores legislan malas leyes. Además ajenas, provenientes de senadores republicanos gringos cabilderos de las voraces empresas trasnacionales que desde la expropiación petrolera han pugnado por volver a apoderarse de la renta petrolera, o de poderes locales fácticos como los monopolios televisivos y radiofónicos que construyen el consenso de control sicótico y fomentan la desarticulación de los intereses populares.

Y luego otros órdenes sutiles pero también determinantes para el estado profundo del país: la relación entre la violencia incontrolable a pesar de los indicadores mediáticos y los comisionados estatales impuestos por Los Pinos —una obsesión con los efectos de la violencia y una sistemática invisibilización de sus causas generativas: la pobreza, la desigualdad, la exclusión de las mayorías—, y la psique nacional agobiada por las evidencias de un presente colectivo cada vez más adverso y difícil ante el cual está inerme debido a la corrupción y a la impunidad orgánicas, a la crisis de representación política, y las posibilidades objetivas de un agravamiento económico y sociopolítico quizá radical en el corto y mediano plazo.

Analistas como Eduardo Caccia han exhibido la disfuncionalidad, el doble vínculo o doble mensaje que sostienen a la política mexicana y a la misma atmósfera común que le da origen y sostén: el sistema cultural mexicano moldea conductas delictivas, pues al no castigarlas las premia. Dicha esquizofrenia de siglos agravada en las últimas décadas —cuya prevalencia va más allá de las clases políticas para afectar prácticamente todos los órdenes de la vida nacional, desde universidades públicas hasta orfanatos—no presenta signos de remisión.

Los cambios culturales ocurren mediante eventos de choque o a través de cambios graduales. Es mexicanamente obvio que esto último no está todavía a nuestro alcance. ¿Seguirá entonces qué?

fmsolana@yahoo.com.mx

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