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Jueves , 19.07.2018 / 09:41 Hoy

Arte moral, arte inmoral /I

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En abril de 1945 Victoria Ocampo, directora de la legendaria revista Sur, dirigió cuatro preguntas a varios escritores: ¿tiene razón Oscar Wilde al sostener que no hay libros morales o inmorales, sino únicamente libros bien o mal escritos?; ¿es correcto que Antón Chéjov afirme que su arte consiste en describir exactamente a los ladrones de caballos sin agregar que está mal robar caballos?; ¿es cierto, como promulga Gide, que con buenos sentimientos se escribe mala literatura?

La cuarta indagación era contraria a las anteriores: proponía la posibilidad de imaginar que la belleza de un libro puede surgir también de su moralidad explícita e implícita, que el arte permite aceptar que en él se diga que está mal robar caballos y que con buenos sentimientos logra hacerse buena literatura.

Borges respondió que no existen libros sino lectores inmorales, aun cuando sí existan publicaciones inmorales por intención y ejecución. Recordó la frase de Chesterton sobre su condición de novelista y su relación con sus personajes, ninguno malo y ninguno bueno: I understand everything and everyone, and I am nobody and nothing. Citó a Stevenson, quien observa que un personaje de novela es apenas una sucesión de palabras, aunque logre una extraña independencia, pues para la imaginación de los lectores el juicio del autor no importa. Si los ladrones de caballos son reales, ironiza Borges, la opinión del autor en nada los modifica.

Su conclusión es cristalina: “La puritánica doctrina del arte” nos privaría de una larguísima y esencial lista de obras y autores, desde los griegos a las Escrituras pasando por el último libro de estos días, que no moraliza sino describe, registra, retrata. Nos privaría “casi del universo”, compuesto no de la moral sino de la manifestación. Y en el nuevo índex tendrían que prohibirse un buen número de piezas: La casa de las bellas durmientes, de Kawabata; Lolita, de Nabokov; Maitreyi, de Eliade; El viejo y la joven, de Svevo; el Cantar de los Cantares, de Salomón; Justine, de Sade, o los cuadros de Balthus y las fotografías de Lewis Carroll. Aun Casa Medusa, de este redactor.

Un escritor dueño de un talento literario de primer orden con una evidente bestialidad moral, como lo define Steiner, fue Louis-Ferdinand Céline. En 1937 publicó Sinfonía para una masacre, donde clamaba, dicen quienes la han leído, por la aniquilación de todos los judíos europeos para que la civilización recobrara su energía y mantuviera la paz. A excepción de unos pocos panfletos anteriores, esa obra fue la primera declaración pública de la “solución final” de Hitler. Todavía en 1943, con las deportaciones y los campos de concentración en activo, Céline volvió a publicar Sinfonía.

La paradoja es que ese libro y otros del autor (“casi imposible citarlos sin sentir asco”, escribe Steiner) presentan méritos formales ahora estudiados por la academia, y han influenciado decisivamente a muchos autores contemporáneos. Su sociología infernal, como la llama el crítico, está profundamente arraigada en la lengua francesa. Y la intensidad idiomática de Céline proviene de grandes autores canónicos. Así que su concepción del mundo como una mezcla de manicomio y matadero no puede ser condenable desde una perspectiva literaria, si se asume que solo hay literatura bien o mal escrita.

La inmoralidad entonces no es de la forma, del modo como se cuenta, sino del horror extremo de lo que invoca: el holocausto humano. Escribirlo es hacer que ocurra dos veces. Pero extremos como este no son comunes y podría decirse que aun con su brillantez, acaban cancelándose a sí mismos.

Sin embargo, ahora corren épocas y aires de censura, por razones políticamente buenas o malas que son usadas para cuestionar obras que apenas ayer se admiraban, o por la extrapolación exagerada de sus contenidos o por la condena de su autor. Es el caso de Woody Allen, repudiado como cineasta por las acusaciones de abuso contra su hija adoptiva hechas por su ex mujer Mia Farrow, y reprobado en Manhattan, película considerada una obra maestra (“mezcla perfecta de forma y fondo, humor y humanismo”), porque cuenta la historia de un cuarentón con una novia de 17 años. Y aunque la relación de los dos es un mutuo, gozoso y lúcido acuerdo entre personas, han surgido artículos extremos, neopuritanos y hasta ridículos que consideran la película como una exaltación del poder masculino y la pederastia sutil. Del abuso de los hombres sobre las mujeres.

fmsolana@yahoo.com.mx

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