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Sábado , 15.12.2018 / 04:35 Hoy

Elitismo para todos

36 mil420 mentiras

Fernando Solana Olivares

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Enseñan los diccionarios filosóficos que el concepto sobre la verdad más antiguo y difundido en nuestra civilización judeocristiana es el que la define como correspondencia o relación. La frase platónica al respecto es indubitable: “Verdadero es el discurso que dice las cosas como son, falso el que las dice como no son”. También lo es aquella sentencia aristotélica que se repetía en clase de lógica: “Negar lo que es y afirmar lo que no es, es lo falso; afirmar lo que es y negar lo que no es, es lo verdadero”.

La verdad se entiende, además, como revelación, como conformidad a una regla o precepto, como coherencia y como utilidad. Nietzsche lo decía así: “Verdadero no significa en general sino lo apto para la conservación de la humanidad”. Su ser se colapsaba cuando establecía una relación arbitraria e ilegítima con las cosas externas. Una relación falsificada o mentirosa.

El conteo del Washington Post ha registrado 6 mil 420 declaraciones falsas hechas por Donald Trump en 650 días. La prensa reporta que ha subido su promedio de cinco mentiras diarias a treinta en las recientes semanas de campaña electoral. A pesar de su bajo índice aprobatorio (41.9%), lo verdaderamente alarmante, como señala David Brooks (La Jornada), es que la oposición a Trump no sea mucho mayor a la que existe. Y que el escándalo por su orwellesca patología mentirosa –la forma más atroz de gobierno– no provoque un clamor monumental.

La realidad, que se reconoce a través de la verdad y no de la mentira, está hecha por elementos inagotables y complejos, compuestos de muchas cosas, de causas y efectos inabarcables para nosotros. No es azar entonces sino causalidad superior que el libro más vendido en Estados Unidos desde la llegada de Trump a la Casa Blanca sea 1984 de George Orwell porque esa es la función de la literatura: anticipar y reflejar los tiempos.

Dicha distopía literaria –una de las tres grandes del siglo veinte, junto con Nosotros de Yevgeni Zamiatin y Un mundo feliz de Aldous Huxley– es una obra política sobre la corrupción del lenguaje por parte del poder autoritario, el descaro de la mentira y la demencia de su lógica sicótica: el doblepensar (doublethink) y la neolengua (newspeak) son los instrumentos, las palabras talismánicas de la poderosa e inquietante novela de anticipación escrita en medio del pesimismo histórico de 1947 y cabalmente sucedida ahora setenta años después.

Orwell concibe un aterrador espacio, Oceanía, en el cual el poder político mantiene artificialmente las desigualdades y la pobreza para legitimarse y justificar la omnipotencia y la omnipresencia del Gran Hermano. Es un mundo paradójico gobernado por ministerios que hacen lo contrario a su denominación: de la Verdad (dedicado a la falsificación de registros históricos), de la Paz (dedicado a la guerra), del Amor (dedicado a la vigilancia policiaca) y de la Abundancia (dedicado a administrar la desigualdad).

El doblepensar y la neolengua han pasado acríticamente al lenguaje común y a la aceptación colectiva de la realidad actual. Orwell es parte del entendimiento crítico que nuestra cultura tiene de sí misma, según los lingüistas Hodge y Fowler, quienes analizan las consecuencias del proceso de fingimiento y manipulación del régimen oceánico para controlar la realidad (reality control). La neolengua elimina los complejos de ideas y conceptos integrales del lenguaje y los reemplaza con una simplificación, una reducción de las palabras que describen los fenómenos, reduciendo así la capacidad de comprenderlos.

Una de las 6 mil 420 mentiras de Trump más recientes ha sido describir al éxodo hondureño como una violenta invasión al imperio, cuyas piedras lanzadas contra su ejército serán asumidas como proyectiles. Estados Unidos es responsable directo de la violencia hondureña que expulsa a decenas de miles.

Así se cumple el axioma del doblepensar de 1984: el engaño sistemático a la sociedad por los gobernantes, que a su vez exige el autoengaño de la gente, la voluntad de alimentar convicciones que se saben falsas. Una clase de esquizofrenia personal y social inducida por el sistema, solapada por todos y asimismo negada. Todo acto cognitivo –el proceso por el cual se percibe el mundo y uno se relaciona con él– es un acto de lenguaje. La mentira, la posverdad, las fake news son sus corrupciones. La degradación de lo real comienza ahí.

Extraño y amargo momento político éste donde las evidencias, el pensamiento fundado del a posteriori, los actos de designación correcta que hace el lenguaje se han evaporado. El autoritarismo es un error gramatical mentiroso, radicalmente contrario a la gramática de la verdad que buscó Spinoza: definir rigurosamente las palabras y relacionarlas en proposiciones consecuentes.

Hubo una semántica adánica, una coincidencia total entre palabra y objeto antes de la Caída y la maldición de Babel. Estuvimos buscándola hasta parecer perderla irremediablemente ahora a manos de siniestros e impúdicos payasos de neolengua corrompida, de doblepensar y mentiras contumaces. La cura siempre estará donde ha estado:

en el mismo lenguaje. Enfermamos por él, nos curaremos por él.

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