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Martes , 13.11.2018 / 23:45 Hoy

Nuevas tecnologías no te hacen creativo

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A demás de gran efectista, Vicente Morales ha destacado como musicalizador. Su primer trabajo en esta especialidad fue Cárcel de mujeres, en la década de 1950, una serie que narraba, en cada emisión, historias reales de reclusas. Pero su trabajo más conocido es Kalimán, el hombre increíble, serie que comenzó a grabarse en 1963 y aún puede oírse en internet.

—¿Cómo musicalizaba Kalimán?

Kalimán ya no era en vivo. Grabábamos primero las voces con los efectos y luego, en sesión aparte, se hacía la musicalización. Usaba principalmente soundtracks de películas, que en aquella época se empezaron a vender en discos LP y podían usarse sin pagar derechos de autor. En la rúbrica, por ejemplo, usé un fragmento del soundtrack de Hatari!

—¿Qué materiales se usaban en esa época para hacer los efectos?

Simulábamos los relámpagos con una lámina de setenta por sesenta centímetros, que sacudíamos: el sonido es idéntico al de un trueno. Para la lluvia se usaba una tina grande, de esas de lámina donde nos bañaban de chamacos, y una regadera, también grande, llena con agua que se vaciaba en la tina. El viento lo hacíamos con una hoja de papel cebolla a la cual le soplábamos: había que tener buen pulmón. Las cachetadas, golpeando la palma de una mano contra el dorso de la otra. Para simular que caía un cuerpo al suelo, envolvíamos con tela un directorio telefónico y lo dejábamos caer. Si se trataba de reproducir los pasos de una persona se usaban varios cajones, uno con grava, otro con tierra, otro con yerba —según la superficie que se indicara en la escena— y sobre ellos “caminábamos” o “corríamos”. Los balazos, como ya dije, con polvo de clorato.

—¿Cuándo empezaron los efectos grabados?

A finales de los años cuarenta llegó un sistema estadunidense, llamado Standard Radio, integrado por 900 discos de pasta, de 78 RPM, con todo tipo de efectos. Los usábamos cuando se requería el sonido de un ferrocarril, el motor de un coche, una derrapada de llantas o un choque de automóviles, efectos que no podíamos hacer manualmente, pero seguíamos haciendo efectos físicos porque son más auténticos que los grabados.

***

En el segundo lustro de la década de 1950, la producción de radionovelas y radioteatros disminuyó drásticamente y en la de 1960 casi desapareció. La nueva “reina” del entretenimiento pasó a ser la telenovela. Las radiodifusoras comerciales se volvieron “disqueras” y correspondió a la radio cultural la tarea de preservar el género dramatizado.

“Cuando en la XEQ y en la W ya no se hicieron radionovelas —cuenta Vicente Morales— pasé a ser únicamente operador. No me gustaba porque era sólo poner discos y spots grabados. Tuve problemas y me liquidaron con 9 mil pesos, tras 19 años de trabajo. De ahí pasé a Radio Capital —en el 1260 de AM— y luego a Radio 660”.

En Radio Capital, conoció a un productor que lo invitó a trabajar en La Hora Nacional: se iban a hacer dramatizaciones y necesitaban un efectista y musicalizador. Ahí colaboró hasta que Margarita López Portillo llegó a la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía, de la Secretaría de Gobernación, y acabó con las dramatizaciones en La Hora Nacional. Para ese momento, don Vicente ya estaba en Radio Educación, donde lo invitaron en 1968 para hacer la versión radiofónica de Las tierras flacas, novela de Agustín Yáñez, en esa época secretario de Educación. Desde entones colabora en dicha emisora.

—¿Qué opina de la radio actual en México?

Se ha perdido profesionalismo. En la locución, por ejemplo, se oye mucha gritería y no hay rigor en el lenguaje. Y en la producción, las nuevas tecnologías permiten el acceso a la radio de mucha gente improvisada.

Con las nuevas tecnologías una misma persona puede ser todo: guionista, locutor, musicalizador, efectista. Está bien, pero si esa persona no se ha preparado el producto final no puede ser bueno. Las tecnologías digitales no te dan, por si mismas, la creatividad. Yo estoy por una radio profesional que no deprecie la experiencia de las generaciones anteriores, con gente preparada, donde se pueda combinar lo artesanal con la tecnología nueva. Es lo que les digo a los chavos de las universidades donde, afortunadamente, todavía me invitan para dar pláticas y enseñar cómo hacer efectos.

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