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Un viaje a un fin del mundo

Fernando Fabio Sánchez

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La semana pasada salí de California rumbo a Las Vegas, Nevada. Continué hacia Utah; atravesé el estado y desemboqué en Grand Junction, Colorado. El área es, como Coahuila, tierra de dinosaurios. En el auto escalé las Rocosas y, tras largos túneles, vi Avon y Vail. En aquella larga ruta por el desierto desde Las Vegas, no había encontrado tanta “civilización” y riqueza. Era la entrada en el gran enclave urbano, cuyo centro es Denver.

Y continué hacia el norte desde Denver, en una tercera jornada donde la imaginación se encontraba muy feliz y el cuerpo empezaba a cansarse por las 26 horas de manejo. Supe que el estado de Wyoming es la prolongación melancólica de los cañones de Utah y Nuevo México.

Pero Wyoming era todavía mucho más austero (con menos colores y formas).

Era un desierto extendido en un altiplano, por algunos momentos boliviano, con la cordillera de las Rocosas al fondo, bellamente cinematográfico. Como en un western, voy al fin del mundo, dije.

Aquella familiaridad de la urbe (y su horror escondido) pareció irse diluyendo y quedó la sola experiencia ante la naturaleza. Al ir más hacia el norte, la memoria histórica (indígena, por ejemplo) se desvaneció, hasta que un árbol fue un árbol y la tierra donde estaba plantado, una montaña. Me encontraba en territorio gringo-europeo, en el estado de Montana, en plena Trumplandia.

Sin embargo, vivir resultó difícil para todos. El frío había aumentado. El sol, apenas levantado en el horizonte, siempre iluminó como al atardecer. No había mucha cultura disponible (sino casinos e industrias humeantes) y la comida fresca fue menos común que la empacada. El único escape al exterior era la internet y la televisión (la televisión productora de naciones).

Ahora sí estoy en el fin del mundo, me dije. Pero no era ciento del todo. A la vuelta de la esquina, ya a mi regreso en un cuarto día, encumbrada en las montañas, encontré la joya de Bozeman, Montana, y otras ciudades donde viven los millonarios. A ustedes los he visto en Colorado, dije. Esta desigualdad tan violenta la he presenciado en otros lugares, confirmé, incluyendo en México. Y concluí: pese a nuestras diferencias históricas e idiosincráticas, hoy no somos tan distintos. ¿No es la misma lucha?


Twitter@fernofabio

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