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La batalla del día a día y Dunkirk

Fernando Fabio Sánchez

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En la vida cotidiana luchamos por lograr la supervivencia. Parece que en nuestro país esta lucha es cada vez más catastrófica. Las personas nos arrojamos al día como al vacío. Cada peso ganado es una confirmación a cuenta gotas de que este día sí será posible llegar al final, cumplir con las obligaciones, dormir unas horas, quizá soñar. Ya mañana será otro día.

Entrar en una sala de cine para ver el filme Dunkirk (2017, Christopher Nolan) es redescubrir esta experiencia. Un joven artillero inglés en Francia intenta llegar a las playas de Dunkirk en mayo de 1940, para de allí embarcarse, junto con los 400,000 compatriotas que están también de retirada, a la isla británica. La travesía nunca es fácil. Soldados, oficiales y enfermeros caen por todos lados porque el enemigo alemán ataca despiadadamente; una cuadrilla de aviones asalta desde el aire. No hay comida, no hay agua. Sobrevivir es más que improbable.

En la pantalla, la acción ocurre con una velocidad que parece acelerarse. Vemos a demasiados soldados morir. Pero pienso, esa batalla la conozco. La diferencia es que acá en la realidad de México los hechos suceden a otro ritmo, pero las personas mueren, quizá lentamente o en otro lugar, pero mueren: morimos. Es por la desigualdad del sistema económico; por el dinero cuyo valor disminuye. Es por la calidad de la comida que va en picada. En este mundo, la enfermedad avanza silenciosa; en el caso de la obesidad, acompaña a los niños; y si es diabetes, espera a los adultos como un mal gobernante.

El acierto de Dunkirk es el énfasis en la solidaridad humana. Muchos de los soldados sobreviven no por su virtud o por su fuerza, sino porque otro ser humano, en este caso los pescadores y los civiles que han ido a rescatar a sus hermanos e hijos, se halla allí en medio del océano para brindar una mano. Y yo no puedo más que preguntarme: nuestro Dunkirk, ¿cuándo ocurrirá? ¿Cuándo nos dolerá el constante abatimiento de los nuestros? ¿O es que estamos todos ya con el agua al cuello, ocupados por salvarnos a nosotros mismos? O peor aún, ¿es que ya hemos zarpado en nuestro yate de lujo, dejando atrás a los náufragos en este desastre del cual creemos —falsamente— escapar?


Twitter@fernofabio

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