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En un hotel de carretera

Fernando Fabio Sánchez

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Siempre quise vivir en un hotel de carretera. Mientras realizaba un viaje familiar por el centro de México, me surgió la necesidad de aislarme por lo menos tres días para concluir un trabajo en la computadora. La solución fue pasar la primera parte de la semana en un hotel para ejecutivos entre León y Silao, Guanajuato. Me atraía, además, entrar en una torre de marfil con vidrios mojados y una vista hacia el gris de allá afuera, donde el spleen lo echa uno andar.

Debo mencionar que en el mismo hotel se hospedaban cincuenta federales. Le pregunté a uno que si allí vivían, y me respondió que sí, y que vivían en hoteles o trailas. Me los encontré por los pasillos en pantuflas, sentados y hablando por teléfono. Coincidíamos en los elevadores y siempre me dieron el paso. Tienen buena presencia, son jóvenes y en uniforme siempre van armados.

Los días fueron de estricta escritura y cada uno de los momentos estuvo acompañado de la presencia de los federales, ya sea porque los veía por el edificio o porque escuchaba sus voces mientras trabajaba en mi cuarto. Los vi trotar alrededor del hotel y hasta coincidí con un par de ellos en el cuarto de lavado y nos reímos de los Simpsons en la tv. Una tarde en el elevador me encontré con un hombre de negocios. Me dijo, estoy preocupado porque el hotel está lleno de federales. Pero aquí no ha pasado nada, ¿verdad?, preguntó. Es allá en Acapulco donde fueron a balearlos a un hotel, se respondió a sí mismo. El elevador empezó a subir y yo le dije, tengo días aquí y parece que está todo tranquilo. En eso las puertas se abrieron y subió un federal uniformado con un plato donde se posaban dos molletes con salsa verde. El hombre dijo, pues ya será tarea de dios, y los tres continuamos nuestro ascenso, en silencio.

Al final los días de mi estancia fueron cuatro. Buscaba un lugar de retiro y terminé conviviendo con los miembros de una fuerza del orden que, por mi interés en la revolución, siempre me ha intrigado. Son los que defienden la federación, y como ya sabemos en México no siempre se le defiende con el corazón. En uno de esos encuentros fortuitos, le pregunté a uno de ellos si les vendían las armas o si se las asignaban. Me dijo que era lo último, pero que ellos debían pagar por las descomposturas. Y ¿qué tal esa arma larga?, le pregunté. Es muy buena, no se traba, no importa si hace tierra o se moja. Pero la de mi compañero allá, esa si se traba. Hablamos más y luego me fui pensando que se necesita mucho valor para salir a pelear con un arma que no funciona. Sin duda esos federales que conocí también eran mexicanos y vivían en su corporación dentro del mismo país sorprendente y despostillado que el resto de nosotros. Suerte.


Twitter@fernofabio

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