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Domingo , 19.08.2018 / 23:13 Hoy

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El sentido épico de las cosas

Fernando Fabio Sánchez

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Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 terminaron. Quienes somos aficionados a las olimpiadas desde la infancia fantaseamos con recuperar por unos días el sentido épico de la experiencia cotidiana.

Debo confesar que mi seguimiento fue intermitente pues, al no tener cable en casa, tuve que convertirme en un cazador de televisiones con la señal deseada. Mis resultados no pudieron ser plenos.

Me perdí de momentos cúspide. Con suerte disfruté de varias finales, incluyendo la de 100 metros planos en la rama varonil. Como muchos, vi a Usain Bolt llegar en primer lugar otra vez, declarándose el hombre más rápido del mundo por tres juegos consecutivos.

Días después me enteraría que había ganado los 200 metros y que impuso un nuevo record mundial.El sentido épico de los juegos se ha vuelto una mercancía exclusiva.

Aquellos que pueden pagar pueden disfrutarla. Observar a los héroes y vivir imaginariamente sus luchas es como la buena comida: sólo los que pueden costearla la consumen.

Es un cuento ya viejo que esconde paradojas. Las olimpiadas son un negocio que niega serlo, pero si no experimentáramos periodos en que (supuestamente) se compite respetando las reglas y luchando consigo mismo y no por dinero, expulsaríamos de nuestro ambiente global la idea de que no todo es dinero y que hay cosas que no se pueden comprar.

¿Es esa una mera ilusión? Para no ser tan crítico sólo diré que en la respuesta se encuentra precisamente la paradoja.

Al margen de esta puesta en escena y de consumo, es justo señalar el sentido épico de los atletas. Al observar sus cuerpos, ejecuciones y alegría celebratoria al por fin ganar, nos damos cuenta que es real en ellos. Numerosas historias nos comprueban que esa realidad no es un solo resultado del dinero.

Es decir, muchos atletas se han repuesto de historias trágicas de familia y otros se han regenerado luego de caer al fondo de sí mismos. Bolt es un ejemplo, así como los triunfadores Michael Phelps y Lupita González, entre otros.

¿Qué nos hace diferentes a ellos? Sin duda, una capacidad física desarrollada sobre una base genética privilegiada. Nos separan patrocinios, comités directivos efectivos, etcétera.

Pero sobre todo nos separa el deseo de hacerlo, el deseo de estar allí. Su más grande triunfo es haber sido tan tercos, desafiar al mundo entero y entregarse a un sueño sin importar las consecuencias.

Yo propondría empezar a jugar. Volvernos locos, imposibles y porfiados. Renunciar a la idea de que el dinero lo es todo y desarrollar esa capacidad de competir con nosotros mismos, sea cual sea nuestra actividad. Como dice un poster en mi gimnasio, un día no te preguntarán por qué lo haces, sino cómo le hiciste. A ganar pues.


Twitter@fernofabio


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