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Entre paréntesis

¡Vivan las cadenas!

Fernando Escalante Gonzalbo

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La señora Damares Alves, ministra para asuntos de la mujer, la familia y los derechos humanos del gobierno de Bolsonaro en Brasil, dijo lo que dijo. Anunció el inicio de una “nueva era” en que “los niños visten de azul, las niñas visten de rosa”. Y desde luego, hay que suponer que piensa eso, y que lo piensa precisamente en esos términos. Resultó bastante patético, cuando salió a dar explicaciones, que pensara que lo que tenía que explicar era que hablaba en sentido figurado, y que cada quien podía vestir a sus hijos del color que quisiera.

Según lo que se publica, es la medida justa del programa de gobierno del presidente Bolsonaro. En lugar de ideología, lo que hay es eso, una representación de una vulgaridad insondable: los niños de azul, las niñas de rosa, y matar a los malos. Seamos justos, no hubo mucho más en la campaña del brexit ni en la plataforma de Emmanuel Macron, por ejemplo. Males son del tiempo.

Pero sobre todo es significativo que dijese a continuación: “Nadie va a impedirnos que llamemos a las niñas princesas y a los niños príncipes”. No importa el apelativo, sino la expresión de desafío. Los adultos siempre han encontrado expresiones idiotas para llamar a los niños. La frase de la señora Alves hace de esa simpleza un gesto de rebeldía. Dice que ellos (no sé si el pueblo, los verdaderos brasileños, los cristianos) han vivido oprimidos, que se les ha privado incluso del derecho de llamar con apelativos imbéciles a los niños. Y con ese giro retórico, la más crasa manifestación del orden tradicional aparece como una forma de rebelión.

Otro ejemplo, en el mismo tenor: Donald Trump, festejando que finalmente, gracias a él, en Estados Unidos se podía decir de nuevo “feliz Navidad”.

Es un truco que se viene repitiendo desde hace tiempo. La clave está en fabricar una imagen estereotipada, amenazadora, de una presunta dictadura de lo políticamente correcto. Y contra eso, defender la libertad, el sentido común, la familia –todo lo que “ellos” quieren arrebatarnos. La forma más directa de hacerlo consiste en recuperar los epítetos de otro tiempo, y sin vergüenza hablar de tullidos, negros, maricones, retrasados, y hacer chistes.

Aparte de algunas exageraciones, el intento de suavizar el trato, y evitar algunas de las formas más agresivas de discriminación, significaba un avance en el proceso de civilización. No corregía las desigualdades, pero al menos ayudaba a hacerlas visibles —y decía que eran inaceptables. Esto de hoy, en Brasil y Estados Unidos y México y España, es una regresión de consecuencias incalculables. Con ese ánimo contestatario, rebelde, beligerante, liberal y popular, los poderosos afirman su derecho a insultar a los desfavorecidos, a las minorías, los gobernantes afirman su derecho a insultar a los gobernados (a los disidentes, por supuesto) y llamarlos escuálidos, mentirosos o lo que sea.

Nunca está lejos la violencia cuando se normaliza el insulto de los poderosos para subrayar las diferencias. Porque es una ratificación belicosa de la jerarquía, pero trufada de democracia. Pienso en el triste grito de la restauración de Fernando VII: ¡Vivan las cadenas!

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