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Viernes , 21.09.2018 / 04:01 Hoy

Entre paréntesis

Salvar la universidad

Fernando Escalante Gonzalbo

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Tiene su interés la reciente discusión sobre el financiamiento de las universidades, porque tienen razón las dos partes, y las dos engañan.

Es un secreto a voces que el dinero de las universidades se gasta mal, que hay prestaciones extravagantes, deudas irresponsables, y un rumboso fondo de reptiles para pagar favores, contratar amigos, financiar porros, y lo que haga falta. Y la autonomía lo ampara todo. Es también sabido que esa opacidad permite que las universidades se usen para triangular dinero público —y todos contentos.

Por otra parte, es claro que el presupuesto para educación superior es dramáticamente insuficiente. Las malversaciones habituales sirven de coartada cuando hace falta, pero es indudable que las universidades no tienen dinero bastante para cumplir con su responsabilidad. Los salarios académicos son menos que mediocres, tienen que compensarse con sistemas de estímulos, consultorías, chambas. En la mayoría de las universidades, la mitad de las clases y más no las imparte la planta de profesores, sino un ejército de externos: pasantes, funcionarios, adjuntos, que se contratan por horas.

Para simular calidad se ha ideado un aparatoso sistema de auditorías que no tienen ningún contenido académico, pero sirven para decir cualquier cosa. Miden lo que se puede medir, sin que nadie se tome el trabajo de valorar la calidad de nada —y todos igualmente contentos.

Los airados defensores de la universidad no pueden reconocer que se gasta mal, que los procedimientos universitarios son opacos para todo, que la autonomía sirve para cohonestar prácticas bochornosas. Los defensores del presupuesto, por su parte, no pueden reconocer que incluso si se usase bien el dinero sería absolutamente insuficiente. Los unos extorsionan enarbolando el derecho a la educación, los otros sobornan tolerando la opacidad. Y entre todos hacen que la educación superior sea, en mucho, un fraude.

Las universidades son uno de los nudos del sistema político: un recurso de legitimidad, la última ilusión de movilidad social, y un foco de corrupción que defienden los más aguerridos opositores. La consigna es salvar la universidad, en eso están todos.

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