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Domingo , 09.12.2018 / 19:19 Hoy

Entre paréntesis

Prensa vendida

Fernando Escalante Gonzalbo

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Entre los rasgos más desagradables de nuestra vida pública está la convicción, arraigadísima, de que quienes defienden una opinión en la prensa lo hacen porque cobran para defenderla. Es el insulto más frecuente, repetido hasta la náusea. Y tiene el efecto de sumergir la discusión pública (digámosle así) en un ambiente de sentina. Por supuesto, es una estupidez, pero resulta muy revelador que se piense que no se puede sostener una opinión política si no es por dinero.

No sé de dónde surge la fantasía. Pero imagino que una de sus fuentes es la “cultura antagónica” del priismo tardío, de las décadas de la transición a la democracia. En esos años, para explicar la transición, se fue cocinando la imagen del Antiguo Régimen con una medida de Tlatelolco, dos tazas de Echeverría, una porción de Plutarco Elías Calles, manojo de policía judicial, sindicatos charros, campesinos asesinados, y añadiduras de Gonzalo N. Santos, Rubén Figueroa y Fidel Velázquez. Aquello era directamente indefendible. No había más remedio que concluir que el PRI se había robado las elecciones durante los setenta años anteriores. Y por supuesto, nadie podía escribir a favor de nada de eso, a menos que estuviese a sueldo del gobierno. Las acusaciones llovían con una ligereza sonrojante.

La contraparte, lógicamente, era estar con la oposición. Se suponía que quienes escribían contra el régimen, que muy pronto fueron casi todos, afrontaban peligros gravísimos. De modo que no se podía poner en duda sus intenciones. Desinteresadamente, a riesgo de su vida escribían en Reforma, en La Jornada, aparecían en el Canal 11 o en el 13. Y por eso formaban una curiosa aristocracia moral.

Después de la elección del 2000 el panorama se volvió bastante más confuso, pero el mecanismo cultural siguió funcionando prácticamente sin cambios: denunciar a la prensa vendida, denunciar con nombre y apellidos a los periodistas a sueldo, se convirtió en el primer recurso de cualquier movimiento de protesta para desestimar críticas. Y desde luego la aristocracia moral siguió en su lugar. La vida pública se convirtió en un cenagal —se hizo imposible sostener una discusión de buena fe.

Con ganas de ser optimistas, podemos hacernos la ilusión de que la CT vaya a cambiar algo de eso. Porque ahora resulta que nuestra aristocracia moral está con el gobierno. Los críticos más feroces, insobornables, los que no han dejado pasar ni una, se descubren de pronto sobremanera sensatos, prudentes, amigos de matices, se apresuran a disculpar de antemano al gobierno (que viene), por si acaso, y están dispuestos a aplaudir sin vergüenza cualquier cosa que haga el señor presidente (electo). El espectáculo es a veces muy divertido. Pero el efecto puede resultar saludable a fin de cuentas. Ya es posible escribir disciplinadamente a favor del gobierno sin que eso implique un estigma moral.

Desde luego, el sistema anterior era muy cómodo, ahorraba la penosa tarea de argumentar. Y la aureola de integridad es infinitamente deseable. Por eso se tratará de hacer pasar al gobierno como oposición mientras sea posible –y tratar a los críticos de vendidos. Pero a lo mejor al final podemos empezar a discutir con un poco de respeto, y sobre todo sin este olor a podrido.

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