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Jueves , 18.10.2018 / 02:43 Hoy

Entre paréntesis

Involución

Fernando Escalante Gonzalbo

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En las campañas siempre se ofrece lo que no puede ser. Todos anuncian cosas absurdas, prometen cosas que no tienen ninguna intención de cumplir: es un entendido. Pero incluso las promesas más disparatadas están pensadas como rasgos de imagen. Y son reveladoras precisamente porque no obedecen a ningún compromiso concreto. Llaman la atención, son motivo de polémica, y sobre todo confirman la identidad de los suyos. Ofrecen un retrato del público al que imaginan que se dirigen.

Las barbaridades de esta campaña, no son pocas, indican lo que podría llamarse una regresión cívica. El movimiento de ira querría barrer con todo. Los candidatos lo registran, hablan a una sociedad para la que los límites son dudosos, todos. Y eso significa que puede pasar cualquier cosa.

No se va ni siquiera a proponer que se corte la mano a nadie. Pero un candidato se atreve a decirlo, y para hablar de moral habla de despedazar personas. Eso después de diez años de ver en la prensa noticias de mutilaciones todos los días. Para entender la enormidad que eso significa solo hay que pensar en los detalles: ¿sería una operación quirúrgica, en un quirófano, con un médico? ¿Con anestesia? ¿O un machetazo limpio? ¿En público o en privado? ¿Y qué se haría después con las manos? Alguien dice que ha pensado en todo eso, seriamente.

No se va a llamar al Papa para resolver la crisis de seguridad, ni para administrar una amnistía ni para nada más. No hablemos de sus aptitudes, sencillamente, no es asunto suyo. Pero un candidato se atreve a proponerlo, cuando le preguntan por el Estado de derecho piensa en la iglesia —en la suya. Es un retroceso trágico, que nos lleva más allá de la condición mínima de civilidad, que consiste en dejar a las iglesias, a todas, fuera de la política. En México lo habíamos conseguido hace ciento cincuenta años.

Se dirá que son ocurrencias, que no hay que tomarse en serio. Pero precisamente porque son ocurrencias hay que tomárselas en serio. Los candidatos saben lo que hacen, están ocupando su lugar en un espacio público prácticamente desestructurado, en el que caben disparates que hubiesen sido impensables hace solo diez años: es un momento de extraordinaria labilidad social. No lo produjeron las campañas, solo lo exhiben.

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