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Miércoles , 21.11.2018 / 00:10 Hoy

Entre paréntesis

Ingenuidades

Fernando Escalante Gonzalbo

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La idea de la corrupción piramidal es vieja. La idea de que la corrupción sube de escalón en escalón hasta el Presidente de la República. Es vieja, y nunca fue muy razonable. Pero era parte del sentido común en el antiguo régimen, una de las piezas básicas de la retórica de oposición, y un corolario lógico de la fantasía de la omnipotencia presidencial (que tuvo notables padrinos, por cierto).

A esa idea corresponde, lógicamente, la del combate piramidal, es decir, generalizar la honestidad de escalón en escalón a partir de la honestidad del Presidente de la República. Que es lo que propone López Obrador. Igual que cualquiera, él sabe que para controlar, o reducir o limitar la corrupción no basta con que el Presidente sea honrado. Pero también sabe que es importante que lo diga.

Lo más amable que se ha dicho al respecto es que es una idea ingenua —y lo es, sin duda. La alternativa madura, sensata, reflexiva, consiste en crear, o poner a funcionar instituciones, porque es lo que se hace en una sociedad moderna (y si se puede, con un órgano autónomo). Bien. Lo que pasa es que entre nosotros, en

este momento, el problema son las instituciones, el problema es que por buenas y malas razones están enteramente desacreditadas las instituciones. Solo hay para imaginarse el atractivo que tendría como promesa de campaña decir que se instruirá al Ministerio Público para que actúe con energía, o que se creará una fiscalía especial o se respetará al poder judicial. Si se piensa un poco, acaso parezca igual de ingenuo.

No es por casualidad que Ricardo Anaya, para dar alguna credibilidad a su propuesta haya tenido que convertirla en una amenaza personal.

López Obrador está haciendo una campaña contra el PRI. Pero una campaña clásica, contra el PRI imaginario de los años de la transición. En lo que denuncia y en lo que promete, su retórica depende de aquella cultura política, la cultura de nuestra transición, que sigue siendo igual de vigente, con todas sus fantasías —empezando por la del poder del Presidente. En el fondo, su mensaje es tranquilizador. Nada es irreparable, no hace falta una gran persecución ni cambiarlo todo de arriba abajo. Basta que el Presidente sea honrado.

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