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Miércoles , 14.11.2018 / 05:25 Hoy

Entre paréntesis

Hablar claro

Fernando Escalante Gonzalbo

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Desde que se le puso el nombre ha estado de moda hacer burla de lo políticamente correcto: es fácil, siempre se puede traer a cuento, y tiene público. En realidad, lo único que queda ya es la burla. Nadie se priva de hacer un chiste porque siempre resulta gracioso, y es una forma muy cómoda, y muy poco comprometida, para sentar plaza de liberal, iconoclasta, incluso de rebelde —que resulta muy atractivo. Y se hace alarde de lo incorrecto como si tuviese algún mérito.

La crítica supone que eso, lo políticamente correcto, no es más que la invención de una serie de eufemismos: ociosa, trivial, hipócrita. Pero supone también que esa hipocresía lingüística viene impuesta desde el poder (la abstracción siempre es útil). Por eso se asume que rechazar ese lenguaje es un gesto de audacia, que equivale a decir la verdad, desafiar la censura, y llamar a las cosas por su nombre. Y bien: las dos premisas son falsas.

En el intento de moderar el lenguaje ofensivo ha habido exageraciones y tonterías, como es natural, sobre todo en la militancia de la incorrección gramatical —para decir presidenta, estudianta, cantanta, y cosas parecidas. Pero en lo fundamental se trataba de que en el lenguaje cotidiano hubiese un poco más de respeto hacia los grupos de población más vulnerables. Nada más, nada menos. Cualquiera que se haya visto en esa situación sabe qué tan importante puede ser.

La alternativa, en eso estamos, es llamar a las cosas por su nombre de antes. Es decir, del modo más grosero, áspero, ofensivo y violento posible. En todo el mundo hay ya líderes políticos que hacen carrera a base de ser políticamente incorrectos: Donald Trump, por ejemplo, o el incalificable ministro del interior italiano, Matteo Salvini. Se atreven, y hablan claro. Eso quiere decir que reproducen los prejuicios de la mayoría para poner en su lugar a mexicanos, gitanos, negros, y contribuyen a reproducir un orden inequitativo, violento.

No es extraño que sea popular el rechazo de lo políticamente correcto: es más cómodo quedarse con los estereotipos, con los insultos de siempre. Lo extraño es que no se caiga en la cuenta de que esos líderes “claridosos” son una amenaza para la condición ciudadana. Y un retroceso para la civilización.

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