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Lunes , 12.11.2018 / 19:14 Hoy

Entre paréntesis

Entusiasmo

Fernando Escalante Gonzalbo

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Como era de esperarse, los resultados de la elección han sido recibidos con alegría, con auténtico entusiasmo por muchos millones, y con ansiedad, con preocupación, incluso con miedo por otros tantos millones. Si se piensa un poco, lo raro es que fuera de esperarse toda esa emoción. Porque a partir de la experiencia, lo lógico sería que las elecciones se viesen con un escepticismo desapegado y un poco amargo.

Es notable, y según se mire también digna de festejarse la capacidad que tiene nuestra clase política para inspirar entusiasmo. Otra vez, como hace doce años, y dieciocho y treinta años, la gente ha vivido las elecciones con ilusión, y los más temerosos ponen su confianza en las instituciones, y esperan que funcionen: el Congreso, el Poder Judicial, la prensa —contra toda esperanza.

Visto con un poco de distancia, nada parecería más improbable, porque no hay verdaderamente ninguna razón para la esperanza —ni para el miedo tampoco en realidad. Las campañas se han seguido con una atención casi patológica, aunque fueron todas de una vacuidad penosa: no hubo una idea digna de recordarse, ni la traza de un programa de gobierno de mediana claridad. Las coaliciones fueron todas mezclas irrazonables de logotipos faltos de cualquier sentido, adornadas por personajes cuya biografía ha transitado por las lindes del Código Penal. En las listas que nos ofrecieron estaban los mismos que han dominado la vida pública las últimas dos décadas, y que han producido esto. El régimen de la transición, con su esquema imaginario de alternativas ideológicas, desapareció, son ya más de treinta años de reformas estructurales, y dieciocho años de democracia, y una década larga de violencia.

A pesar de todo, la gente salió a votar con ilusión (y con miedo, con angustia, con entusiasmo, con enojo), unos y otros convencidos de que la elección era importantísima: decisiva. Todos convencidos de que el sistema funciona, o ferozmente asidos a la esperanza de que funcione. El régimen tiene más legitimidad de la que ha tenido nunca —y además es la revolución. Eso, a partir de esta casi nada de política, de políticos. No deja de ser notable.

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