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Domingo , 23.09.2018 / 18:08 Hoy

Entre paréntesis

Aquellas pequeñas cosas

Fernando Escalante Gonzalbo

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Parece poca cosa el escándalo que ha hundido a la presidente de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes: en su historial figuraba un título de maestría, algo menos en realidad, lo que en España se llama un “master”, que no había cursado. El problema, como suele suceder, fue el intento de ocultar la trampa: un acta de examen inventada, firmas falsas, amaño de inscripción, calificaciones, materias, y un rosario de explicaciones absurdas, que complicaban a media docena de profesores.

Parece poca cosa, salvo que no lo es, porque dice mucho, y muy claro, de la actitud hacia la educación superior de la clase política española —que es en eso perfectamente típica. No hace falta decir que quien compra un título o lo recibe de regalo no tiene ningún respeto hacia lo que significa, o lo que se supone que significa, pero tampoco lo tienen quienes lo venden o lo regalan. Y eso es mucho más grave.

El escándalo dice que los títulos tienen algún valor, pero un valor básicamente decorativo, acaso también burocrático, según el caso, pero nada más. Por eso hay quien quiera comprarlos, y hay quien los vende. En cuanto se conoció la noticia, faltó tiempo para que saliesen muchos a decir que el enjuague de la señora Cifuentes era una anomalía absolutamente insólita, que no dice nada del funcionamiento cotidiano de las universidades; y es verdad, no hay muchos políticos comprando títulos, pero el problema no es ese, sino que nadie respeta el trabajo académico que teóricamente requiere un título.

Nos podemos aplicar el cuento, porque aquí pasa lo mismo. Está de un lado la inclinación demagógica que quiere títulos para todos: entrada libre, plazas ilimitadas, estándares compasivos, titulación rápida, que termina por hacer de las universidades inmensas guarderías que imprimen títulos —que sirven de adorno, y no adornan mucho. De otro, la veta neoliberal de las titulaciones sobre pedido, pequeños posgrados para ganar dinero, como acompañamiento de la investigación aplicada, contratada, con el mantra de la eficiencia. Y por cierto que una cosa no excluye a la otra. La universidad es un mecanismo para repartir títulos, cuantos más y más rápido, mejor: se llama eficiencia terminal (el adjetivo es exacto). El contenido no le importa de verdad a nadie.

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