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Lunes , 10.12.2018 / 23:15 Hoy

Entre paréntesis

Año once

Fernando Escalante Gonzalbo

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La expresión se usa con frecuencia como si fuese un tecnicismo: efecto cucaracha. No tengo idea de quién la haya acuñado ni cómo haya comenzado a circular. Significa, aproximadamente, que si se emplea la fuerza pública para controlar el delito en una zona, los delincuentes huirán, y se trasladarán a otros lugares —como cucarachas.

No hay ningún estudio serio que sirva de apoyo para semejante idea. Pertenece al repertorio de fórmulas de la criminología folclórica, igual que la tesis de las ventanas rotas, o de la tolerancia cero. Son todas ellas mezclas de prejuicios, automatismos ideológicos, modelos especulativos de conducta racional. Todas ofrecen soluciones quiméricas. Y por eso resultan más atractivas todavía.

El problema no es, no solo, que prometan lo que no puede ser, sino que contribuyen a oscurecer el panorama. Detrás del eslogan del efecto cucaracha está la idea de que hay Los Delincuentes, cuya ocupación es El Delito. De modo que si se vuelve difícil por el motivo que sea cometer delitos en algún sitio, se irán a otro. La explicación, que parece tan sencilla, tan de sentido común, resulta tranquilizadora porque pone a Los Delincuentes en un más allá remoto. Pasa por alto el hecho de que quienes cometen delitos son parte de la sociedad, que las más veces no son delincuentes de tiempo completo, que el abanico de actividades informales, ilegales, criminales, es sumamente amplio, matizado, difícil de discernir, e incluye redes extensas de reciprocidad, protección, seguridad. No es por casualidad ni por una particular debilidad moral que Los Delincuentes tengan vínculos con la policía local, con los funcionarios municipales, los líderes populares.

Eso significa que golpear a las cucarachas, con frecuencia significa golpear la trama de un orden social —que sea un orden deseable, justificable, es otra cosa.

Pero hay algo más. Mediante el fingido tecnicismo, se naturaliza la deshumanización de una parte de la población, de perfiles borrosos. Llevamos muchos años, demasiados ya, hablando de Los Delincuentes como si fuesen animales, una plaga. No cabe ya ninguna clase de empatía. Si son cucarachas, lo único que conviene es una política de insecticida. Año once.

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