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Sábado , 21.07.2018 / 13:08 Hoy

Entre paréntesis

Amanecer en Zimbabue

Fernando Escalante Gonzalbo

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En un anuncio del ZANU, en la campaña de 1990, se veía un automóvil que chocaba aparatosamente, mientras una voz decía: “Esta es una forma de morir. Votar ZUM es otra. No te suicides: vota ZANU, y vive”. Era el humor característico de Mugabe, en la campaña contra Edgar Tekere, un antiguo aliado suyo. Hubo otras rupturas antes, habría otras después. En esta última, han ganado Emerson Mnangawa y el general Constantine Chiwenga. La gente festeja, la prensa de Harare es más escéptica.

Robert Mugabe era un líder de otro tiempo, de la guerra de independencia, equivalente de Nyerere, Nkrumah, Kenyatta, solo que 40 años más tarde. Y eso explica casi todo. En primer lugar, el prestigio que tuvo hasta el final, el cuidado con que siempre lo trataron sus vecinos, muy especialmente Sudáfrica —porque lo mismo que la Rodhesia de Ian Smith fue una pieza clave de la guerra fría en el sur de África, Zimbabue lo fue para el pan-africanismo de las décadas del cambio de siglo, y desde luego para el ANC de Mandela.

Pero ese origen explica también la manera de gobernar de Mugabe: con la retórica, la impaciencia, la improvisación y los excesos de una guerra de independencia, que se pelease una y otra, y otra vez. Interminablemente. Siempre contra los blancos, siempre mediante la agitación de los antiguos combatientes. Siempre con un ostentoso despliegue de violencia. El resultado fue una economía de pillaje, intensamente política.

El momento cumbre del pan-africanismo de Mugabe fue la invasión del Congo, junto con Angola y Namibia, en 1998. Se trataba de apoyar a Laurent Kabila, y de paso hacer negocio con la explotación de las minas y la madera del Congo, en un sistema prácticamente esclavista. A partir de 2003, cuando formalmente terminó la intervención, surgió un nuevo negocio: vender armas a los rebeldes, enemigos del hijo de Kabila, que podían pagar con diamantes. Era una operación complicada, que organizaron conjuntamente Mugabe, Emerson Mnangawa y Constantine Chiwenga.

La única ventaja es que el nuevo gobierno no tendrá tanto poder como tuvo Mugabe, no tendrá la misma autoridad, ni la misma capacidad de control del territorio. Si es una ventaja.

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