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Jueves , 18.10.2018 / 02:47 Hoy

Entre paréntesis

Adanismo

Fernando Escalante Gonzalbo

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No es fácil estimar el impacto que va a tener la disolución de los partidos políticos, pero no será menor. Entre muchos otros, está la incertidumbre que resulta de la ruptura con el pasado. En un sistema de partidos más o menos estable, la identidad partidista es un factor de continuidad de la experiencia política.

Los partidos normalmente responden a un programa con unas cuantas ideas básicas, un repertorio de iniciativas, propuestas concretas, y producen con eso un sistema de referencias, porque tienen historia. En el proceso de ganar adeptos y acumular fuerzas, articular intereses, han tenido siempre pequeñas victorias, propuestas exitosas, leyes, reformas institucionales que definen su identidad, de modo que en cualquier elección los candidatos pueden hacer referencia a lo que el partido ha hecho, que sirve como garantía de lo que se promete para el futuro. Y ese sentimiento de continuidad es parte fundamental de la conciencia política de todos.

Eso ha desaparecido ya en esta elección. Según lo que nos dicen todos, la historia va a comenzar de cero en diciembre de este año, sin precedentes. Nadie quiere que se le confronte con su pasado. El predicamento del PRI es notable, porque pretende que su candidato no cargue con el estigma del partido, y tiene que borrar urgentemente cualquier indicio de continuidad —sin dejar de ser el PRI. Pero es más dramática la situación del PAN. Era acaso el partido que mejor podía haber reivindicado una historia, una trayectoria legislativa, de oposición y de gobierno. Pero sus cuadros están dispersos en cuatro candidaturas diferentes, todas parejamente borrosas. El PRD no es nada, ha optado por disolverse suavemente en el pragmatismo más desacomplejado. Y Morena se presenta para hacer historia pero sólo a partir del primero de diciembre: tiene en sus listas nombres de trayectoria muy larga, pero no la reivindica de ninguna manera, ni el historial de sus legisladores. No acepta responsabilidad por nada de lo que ha sido, no reclama como propio nada de lo que existe. No tiene más realidad que la del futuro.

Ese adanismo de todos abre un compás de incertidumbre en que, a falta de otro término de referencia, dominarán emociones muy primarias. No es buena noticia.

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