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Sonido & visión

Rusia 2018: día dos o los goles agónicos

Fernando Cuevas

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Primera jornada con tres partidos en los que los últimos minutos fueron definitivos, para ganar o alcanzar el empate. Triunfos iniciales para romper tendencias y un juego que pone el listón muy alto desde ahora mismo, cargado de muchos elementos futboleros de rigor: volteretas, discusiones arbitrales, belleza en la conjunción, generosidad en el esfuerzo y, por supuesto, figuras individuales de altos vuelos en un deporte eminentemente basado en el equipo.

Tanto va el agua

Los sudamericanos saltaron a la cancha de Ekaterimburgo como favoritos para enfrentar a los africanos, en cuyas líneas no apareció el esperado Salah, la gran revelación del fútbol de aquellas tierras y que ya brilla en el Liverpool. Ante tal ausencia, el cuadro egipcio, comandado por el argentino Cúper, apostó al orden, la entrega y una disciplina a prueba de plagas, acaso como antídoto para disminuir las diferencias. Por su parte, el experimentado técnico Tabárez propuso una media cancha juvenil, cuya función elástica se supone que abastecería a los dos afamados delanteros charrúas.

El dominio del bicampeón mundial no se reflejó en demasiadas opciones de gol durante la primera parte. Más ímpetu que claridad por parte de Uruguay y más contención que riesgo del lado egipcio.

El resultado terminó siendo una primera mitad luchada con escasa luminosidad y contadas llegadas claras al marco contrario, echadas por la borda. Cambios para el complemento y la peligrosidad fue en aumento en particular por parte de los charrúas, pero también el desempeño del portero egipcio (ese lance de antología). Tras varias oportunidades dejadas en el camino, una jugada a balón parado cuando estaban por apagarse las luces fue rematada de manera contundente por Giménez para decretar la merecida diferencia.

En propia puerta

En San Petersburgo, dos conjuntos que ya ganaron con estar en la justa mundialista: no hay presiones causadas por las altas expectativas y sí un contexto que permite un juego más aventurero. Primero fueron los marroquíes quienes controlaron las acciones, imponiendo presencia física y generando un par de opciones; poco a poco, los iraníes fueron reaccionando y lograron equilibrar el tránsito para también producir alternativas de gol: fallas en la definición y puntuales intervenciones de los arqueros, determinaron la ausencia de tantos en la primera parte no obstante la presencia de ciertos pasajes agradables.

Pero en el segundo tiempo todo se descompuso: escasearon las llegadas construidas a la puerta contraria, acaso un par que se quedaron a punto de cambiar el marcador; las equivocaciones predominaron en el tránsito de la pelota y el juego rudo empezó a florecer, en combinación con diversas interrupciones por cambios y lastimaduras de los contendientes. A falta de diez minutos más la necesaria reposición, Marruecos empezó a mostrar más ambición, impulsada por un gran remate que el portero iraní logró desviar con vistoso y eficaz lance. Pero sucedió lo impensado: en una pelota parada, el cuadro asiático logró mover el marcador vía un doloroso autogol de Bouhaddouz.

Batalla ibérica

Las selecciones de la península ibérica escenificaron el partido más esperado de la jornada y uno de los más atrayentes de la primera ronda mundialista. Procurando dejar atrás el lamentable episodio de su técnico, España salió con la idea de desplegar su juego envolvente pero muy pronto apareció un inexistente penal provocado y convertido por Ronaldo para poner el partido en una situación de mayor presión para los ahora vestidos de blanco. El inevitable adelantamiento de filas españolas, abrió también la opción para el vértigo lusitano, derivando en un juego vibrante. También con su cuota de duda por una falta previa, Costa se las arregló para conseguir el empate frente a tres rivales con los que se involucró en una lucha de fuerza y habilidad.

Los españoles daban un concierto de armonías intrincadas y de notas suspendidas ante un rival que ha aprendido a competir y a ganar incluso cuando es superado en el trámite del partido: presión con toda la furia roja, jugadas exquisitas e incluso un disparo al travesaño, mientras los portugueses buscaban descifrar la estrategia enemiga. Pero antes de terminar el primer medio, Cristiano Ronaldo dispara casi al centro de la portería, el balón se le escurre al portero de Gea y el marcador una vez más anuncia ventaja para los ahora de rojo. Así cerró un primer medio digno de un certamen como éste.

Al inicio de la segunda parte, la escuadra española siguió convencida de sí misma y la recompensa se presentó por partida doble: primero Costa culminando una jugada en el área chica y después Nacho con soberbio disparo colocaron arriba a su selección a poco más de media hora por delante. Parecía que España podría confirmar su ventaja ante la necesidad de los de enfrente de buscar el empate; los minutos se fueron diluyendo entre intensidades varias hasta que cerca del final, otra vez Cristiano jaló toda la atención al ejecutar un tiro libre de manera impecable para empatar los cartones. En un juego de equipo donde el rival se desempeñó mejor, queda la posibilidad de la brillantez individual para alcanzar el equilibrio.


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Twitter: @cuecaz


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