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Lunes , 12.11.2018 / 18:51 Hoy

Sonido & visión

Rusia 2018, día 21: saldos de los octavos de final

Fernando Cuevas

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Terminaron los partidos correspondientes a la subsecuente fase del certamen tras la ronda de grupos. Los resultados ya son dicotómicos o radicales: seguir o despedirse, sin medias tintas. Para algunos equipos, llegar a esta instancia ya representaba cumplir con las expectativas, mientras que para otros era apenas el inicio de la ruta para alcanzar los objetivos esperados. Interesante es ver una fase en la que históricas potencias europeas (Alemania, Italia y Holanda) no aparecen y se abre espacio para otros equipos que si bien dependen de generaciones talentosas, pudieran empezar a consolidar una tendencia (Bélgica, Croacia, Suecia), más que estar atenidas a ciertos ciclos de futbolistas talentosos.

En general los partidos disputados fueron dignos de la fase en cuestión. Los jugadores lucharon y dejaron sangre, sudor y lágrimas en la cancha. Todavía falta ajustar más los fingimientos, tanto por parte de quienes los cometen, como por la autoridad. Soy de la idea de que tratar de engañar al árbitro debe ser motivo para que el VAR revise y, en consonancia con el árbitro en campo, se sancione de manera más severa, incluso después del partido: pocas actitudes le hacen más daño al espectáculo y a la ética del juego que ver a los futbolistas inventando situaciones violentas y tratando de ganar a la mala. Si bien a los jueces les toca detectar este tipo de engaños, no es posible que se les encomiende toda la responsabilidad cuando estamos entre adultos y profesionales.

Estrictamente hablando, solo se presentó una sorpresa (Rusia-España) y algún resultado no previsto del todo (Suecia-Suiza). Algunos de los claros favoritos avanzaron con suficiencia (Brasil) o con susto de por medio (Bélgica), mientras que en las series más equilibradas terminaron ganando quienes se esperaba por lo mostrado en la fase previa (Uruguay, Francia), dejando a los dos mejores jugadores del mundo fuera del torneo y confirmando que ahora pesa más el equipo, a diferencia de los tiempos de Eusebio y Maradona, por poner un par de ejemplos de jugadores de la misma nacionalidad que llevaban lejos a sus selecciones. En el enfrentamiento más parejo (Inglaterra-Colombia), terminaron por ganar los jóvenes ingleses, pero pudo haber pasado cualquier cosa.

En términos de intensidad, a veces contraponiéndose al espectáculo, todos los partidos tuvieron momentos de equilibrio, si bien se observaron diferencias importantes en nivel de juego: España fue muy superior a Rusia en el trámite, aunque terminó perdiendo, y Brasil marcó diferencia notoria durante una hora de partido frente a México, que extrañó a Moreno en la central. A Suiza le hizo falta Lichtsteiner, su capitán y jugador de referencia emocional, así como el vuelo de las águilas albanesas; Colombia extrañó mucho a James, que suele crecer en los mundiales y Argentina siguió dejando en la banca a Dybala por alguna razón esotérica. Portugal llegó a su límite en espera de renovación al igual que Dinamarca, lista para trabajar con este grupo a largo plazo, y Japón nos entregó dos de los partidos más memorables del Mundial.

Un penal: perspectivas múltiples

Camina del medio campo al manchón penal para ejecutar el primer disparo de la tanda. El tránsito se eterniza, los pensamientos se revuelven y los nervios acechan. ¿Por qué le dijo al entrenador que estaba bien para tirar? Toma la pelota que le entrega el árbitro, la acomoda y a pesar de engañar al arquero, la estrella en el poste derecho. Regresa al centro del campo con una frustración que lo rebasa; recibe las condolencias habituales, mientras el portero de su equipo detiene el primer disparo del rival. Respira hondo. Todo vuelve a empezar, ahora con cuatro oportunidades para cada bando. Su falla se difumina, no será la única.

Le preguntó si estaba bien para tirar y ante la respuesta afirmativa, le dio la confianza aunque se quedó dudoso. El entrenador había hecho su trabajo y el resto dependía de los tiradores, por él avalados. Cuando lo vio caminar rumbo al manchón penal, supuso que fallaría: ese andar dubitativo. No debió haberle dado esa encomienda. El disparo al poste confirmó sus sospechas y lamentó su decisión, como si hubiera sido él quien ejecutara. Le regresó el ánimo al ver que su portero detenía el tiro del rival y conservaba el empate provisional. Ya después hablaría con su jugador, si fuera el caso.

Al enterarse de quién sería el primer tirador, pensó hacia qué lado debía aventarse o si convendría esperar. Recordó que solía tirarlos al palo derecho. Supuso que esta vez iba a cambiar. Observó cómo colocaba la pelota y no perdió de vista su mirada. Notó que el tirador estaba nervioso, más que él mismo. Así sucede: el de la responsabilidad es el jugador de campo, no el arquero. Decidió tratar de predecir y se lanzó a su mano derecha, volteando la cabeza para confirmar que el disparo iba hacia el otro lado: al ver la trayectoria de la pelota, se dio cuenta que se estrellaría en el palo. No había mérito alguno en su lance, pero las redes se mantuvieron intactas. Estaba medianamente reconfortado.

Consiguió boleto de última hora en la cabecera sur y hasta abajo: mucha intensidad pero poca visibilidad. Su esperanza era que si los equipos llegaban hasta los penales, la suerte decidiera que se tiraran en su portería próxima. Lo primero se cumplió, pero el sorteo no lo favoreció. Vería la definición del partido a distancia, más lejos que por televisión pero más cerca en pasión: el fútbol, como la música, es mejor en vivo, pensó, quizá para darse ánimo. Al observar su caminata hacia el tiro de castigo y sobre todo cuando colocó la pelota en el círculo de cal, dudó si conseguiría el tanto: no obstante su mirada frontal y lejana, atestiguó que la pelota iba directo a encontrarse con el poste mientras el portero se lanzaba al encuentro del vacío. No festejó: sabía que faltaba mucho camino por recorrer.

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