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Sonido & visión

Rusia 2018, día 17: entre indiviudos y equipos

Fernando Cuevas

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Deporte colectivo donde los sujetos se vuelven determinantes para establecer las diferencias. En la primera ronda de los octavos, las dos más grandes figuras del siglo XXI han quedado fuera del Mundial, mientras que otros dos futbolistas, un consumado y otro en pleno inicio de su trayectoria, acabaron siendo definitivos para el triunfo de sus respectivas selecciones. No fueron Messi y Cristiano, sino Mbappé y Cavani. Un par de encuentros intensos que nos colocaron de inmediato en la lógica de la eliminación directa, viviendo esta tensión entre la brillantez individual y el funcionamiento colectivo, en ocasiones caminando hacia el mismo lugar pero en otras contraponiéndose. Estrellas en busca de formar una constelación.

Solvencia ante la presión

Francia clasificó sin exigirse demasiado, en tanto Argentina padeció más de lo esperado para llegar a estas instancias: ambos llegaban más por destellos de sus hombres que por una forma de juego consistente como conjuntos. Pero ya sabemos que este tipo de selecciones van creciendo conforme avanza el torneo por el acoplamiento gradual, la activación del código genético y la forma en la que las luminarias van desparramando su talento en la causa común. Así sucedió con el encuentro entre galos y pamperos que, a pesar de no presentar su mejor versión, nos regalaron un partido de antología, levantando el listón para los partidos subsiguientes y demostrando que la emoción de una disputa mundialista sigue siendo distinta a cualquier otro torneo.

Argentina apostó al inicio por el control de la pelota, en tanto Francia se mostraba cómoda sin necesidad de tenerla. Y empezó el vértigo de Mbappé mientras que Griezmann sacudía el travesaño en tiro libre: pronto el primero provocó un penal tras una escapada implacable y el segundo lo convirtió para poner arriba a los centroeuropeos antes del minuto quince. Les Bleus tenían el partido en el lugar exacto para su causa, sin posesión pero con el control, mientras que la albiceleste se apoderó del esférico pero sin mayor trascendencia, hasta que Di María, extraviado durante la mayor parte del torneo, lanzó un soberbio disparo desde fuera del área para emparejar los cartones, cerca del final de una trabajada primera parte.

El segundo medio fue pródigo en goles y emociones, sin dejar de disputarse el medio campo. Kanté se encargó de acompañar a Messi de manera obsesiva, mientras que Banega y Pogbá mantenían su partido particular, entre el sonido y la furia. Rápidamente, Mercado desvió un disparo y anotó el tanto que representó la voltereta para los argentinos, aunque diez minutos después Pavard prendió una pelota desde el pico del área con parte externa que se incrustó en la puerta rival, para rivalizar en estética y técnica de golpeo con el primero recibido en contra. Con el empate, el cuadro galo soltó a su secreto mejor guardado: el apenas veinteañero Mbappé enfrentó a la velocidad y anotó dos tantos en cinco minutos con gran capacidad definitoria.

A media hora del final, los argentinos siguieron procurando permanecer en el torneo, a pesar de la falta de trabajo en equipo y padeciendo las decisiones desde la banca tanto en las alineaciones como en los cambios que, en vista de los resultados obtenidos, no generaban los resultados esperados. Veinte minutos por delante eran muy pocos para alcanzar el empate, aunque lo intentaron con las limitaciones del caso. Francia aguantaba sin mucho apuro y confiando en la solidez de sus estructuras, cuando el ingresado Agüero acercó con seco cabezazo a los suyos en tiempo de compensación. Reconfiguración para la estructura del fútbol argentino desde la asociación misma y reflexiones para Deschamps en torno a lo que viene, cada vez más difícil y con la presión de contar, quizá, con el mejor plantel del mundo.

El niño cavani

Se preveía un partido cerrado en el que la firmeza defensiva intentaría predominar por encima de los intentos creativos. Los uruguayos llegaban con su puerta sin abrir y toda la experiencia ancestral recorriendo sus venas, en tanto los portugueses, inesperados campeones de Europa dadas las circunstancias, incorporaban colmillo a la presencia de Ronaldo, siempre inquietante incluso para defensores tan solventes y curtidos como Godín y compañía. Pero fue la dupla mortal de élite en la delantera charrúa la que abrió pronto el marcador: Cavani inició una jugada detrás del círculo central y terminó recibiendo servicio preciso de Suárez a segundo palo para conectar de cabeza y anotar el primero cuando el partido apenas amanecía.

El prematuro gol le vino bien a la apertura de las acciones, sobre todo por la exigencia que implicó para Portugal de salirse de su esquema habitual y buscar algo más que sobrellevar el tránsito; claro que los uruguayos estaban en su salsa, con la ventaja y centrando la batalla en el medio del campo. Pronto en el segundo tiempo, los lusitanos emparejaron vía seco cabezazo de Pepe, incrustando el primer gol en meta charrúa dentro del torneo; pero en un contragolpe, casi como para responder de manera inmediata, el mismo Cavani prendió un servicio echando el cuerpo para atrás y abriendo la parte interna del pie para anotar un gol correspondiente a los cuartos de final; saldría del partido apoyado caballerosamente por Ronaldo, después bien amonestado por el juez mexicano, tras perder la compostura.

Todavía pudieron emparejar los portugueses en la media hora que restaba en el cotejo pero el tiempo murió pausadamente. Se supo después de una carta que el artífice uruguayo escribió a su yo niño, llena de sensibilidad y sinceridad que bien vale la pena revisar. Detrás de los triunfos o derrotas de atención mundial, están los sujetos con sus propios orígenes, temores y desafíos, escenificando partidos en los que usualmente nos quedamos fuera de lugar pero que seguimos disputando para participar en alguna jugada para el recuerdo de nuestra particular memoria. No es caer en el simplismo de que si lo sueñas con plena convicción lo vas a poder logra, sino cómo vamos manteniendo el equilibrio emocional, en comunión con los nuestros, ante rupturas y aperturas. Ente búsquedas personales y encuentros grupales.

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